Ni el frío de la mañana ni las protestas que se desarrollaban en el centro detuvieron a cientos de católicos que desde temprana hora llegaron a los templos de la ciudad para presentar y bendecir las imágenes del Niño Jesús, cumpliendo así la tradición que recuerda la purificación de María y la presentación del hijo de Dios a los 40 días de nacido.
En canastos, en brazos o envueltas en mantillas, las figuras vestidas de blanco, de colores o con atuendos que la iglesia no siempre avala pero que la gente ha adoptado, llenaron las naves de la catedral metropolitana y de otras parroquias. Para muchos fieles, el día tiene dos momentos inseparables: la misa y el posterior convivio con tamales y atole. Natividad, quien acudió junto con su comadre Minerva a la misa del mediodía, lo resumió con sencillez: después de cumplir con la iglesia se reunieron para saborear un tamalito. Ambas llevan año con año las imágenes que les fueron obsequiadas, recordando cómo María y José presentaron a Jesús. En el primer año como madrinas visten al Niño como de bautizo; después eligen otras representaciones —ella llevó al Niño de los Dones y su comadre al Niño de la Salud—, siempre dentro del respeto a la fe católica.
Por su parte, la celebración también se vivió en su dimensión más popular. En el mercado Benito Juárez, al menos dos grupos de locatarios y comerciantes cercanos organizaron tamaladas abiertas para quienes pasaban por la zona. Antes de repartir los alimentos realizaron un breve rezo, recordando el origen religioso de la fecha. Mole negro, salsa verde con pollo o cerdo, chepil, frijol, amarillo y dulce fueron las variedades que circularon entre los presentes, convirtiéndose una vez más en el sabor compartido que une a la capital oaxaqueña más allá de las creencias individuales.
