En la Sierra de Juárez, Oaxaca, artesanos como Alejandro Cisneros y su hijo Sahian mantienen viva una tradición de más de un siglo: la elaboración de huaraches que no solo preserva la identidad zapoteca de Villa Hidalgo Yalálag, sino que sustenta a numerosas familias en esta comunidad de unos 1,900 habitantes, donde predomina el zapoteco y el mixe. Alejandro, de 61 años, inició en este oficio a los siete y representa una cadena generacional que incluye apellidos como Bautista, Ruiz, Diego, Chino, Mecina, Cuevas y Limeta. Junto a Sahian, quien es músico y hablante de zapoteco, trabajan en un pequeño local en Santa Lucía del Camino y viajan a la ciudad de Oaxaca para vender sus productos, hechos con piel vacuna y terminados en procesos que demandan innovación en diseños, aunque conservan técnicas ancestrales.
Sin embargo, esta labor enfrenta desafíos como el regateo constante y la falta de apoyos para su comercialización, pese a que cada par requiere gran esfuerzo físico y tiempo: casi tres meses para producir varios, involucrando curtiduría, corte de suelas, costura y tejido según el modelo. Los huaraches duran años y se venden en alrededor de 500 pesos o más, dependiendo del tamaño y estilo, pero los artesanos consideran que su valor es mayor. En Yalálag, este oficio no solo genera ingresos, sino que permite cumplir con servicios comunitarios y revitalizar el pueblo, evolucionando desde modelos cruzados hasta variantes tejidas.
Recientemente, la tradición ha ganado atención por una polémica de apropiación cultural: a principios de agosto, Adidas y el diseñador Willy Chavarría presentaron en Puerto Rico el «Oaxaca slip on», un calzado similar a los huaraches yalaltecos, argumentando un homenaje a las raíces del diseñador. Autoridades oaxaqueñas y federales han exigido respuestas a la empresa, mientras que en Michoacán, el municipio de Sahuayo y sus autoridades reclaman similitudes con sus «pachucos». Alejandro enfatiza las diferencias regionales —comparado con Guanajuato o Michoacán— y defiende el trabajo duradero de Yalálag, alzando la voz para proteger su legado ante producciones masivas.
