En Oaxaca, la tradición de regalar y vender calendarios impresos resiste el embate de la tecnología, aunque las ventas han disminuido notablemente en los últimos 15 años. Según relatos desde un taller de serigrafía en la Central de Abasto, los pedidos para la temporada decembrina han caído de hasta 250 a un máximo de 100, reflejando un cambio en los hábitos cotidianos. No obstante, estos objetos siguen atrayendo a compradores por su contenido único, como detalles sobre festividades religiosas y fases lunares, elementos que no siempre se encuentran con facilidad en aplicaciones móviles.
Por otro lado, el público principal se concentra en adultos mayores, desde los 45 hasta más allá de los 60 años, quienes valoran la tangibilidad de estos calendarios. Los jóvenes, en cambio, optan mayoritariamente por consultas digitales, lo que ha erosionado la costumbre de solicitarlos como obsequios en tiendas o recibirlos como cortesía. Sin embargo, propietarios de negocios en comunidades alejadas de la capital oaxaqueña continúan encargando versiones personalizadas, incorporando nombres de sus establecimientos como carnicerías o tiendas locales, para distribuirlos entre clientes a fin de año.
Además, este oficio no se limita a calendarios; incluye la producción de bolsas, tazas y vasos para eventos como mayordomías o bautizos, manteniendo actividad durante todo el año con un pico en diciembre. Familias dedicadas a la serigrafía por más de tres décadas, heredando el conocimiento de generaciones anteriores, atestiguan cómo, en los últimos días del año, la gente aún acude a puestos en la Diagonal de Mercaderes buscando diseños con paisajes, flores, imágenes religiosas o animales. Esta persistencia subraya un vínculo cultural que, aunque menguado, no ha sido eclipsado por completo por la era digital.
