En 1937, una inquietante leyenda urbana surgió en la capital de Oaxaca y se integró profundamente en la tradición oral del estado. Se centraba en una tortillería del centro de la ciudad, regentada por Doña Rosa, una mujer de alrededor de 60 años que cautivaba a los clientes con el sabor único de sus productos. Su establecimiento atraía multitudes diarias, gracias a una supuesta receta familiar que nadie cuestionaba inicialmente. Sin embargo, la curiosidad de un joven maestro, Miguel Álvarez, encendió las sospechas al observar cómo la dueña incorporaba un polvo grisáceo de una bolsa de cuero a la masa, respondiendo evasivamente que se trataba de un secreto heredado.
Los murmullos pronto se propagaron, alimentados por investigaciones del sacerdote local, quien desenterró detalles del pasado de Doña Rosa: había abandonado su pueblo natal tras la muerte inexplicada de su esposo. Este hallazgo se vinculó a un antiguo ritual mixteco denominado «el alimento de vida», que involucraba la mezcla de cenizas de tumbas en comidas para preservar la esencia de los fallecidos. Además, los oaxaqueños notaron la apariencia inusualmente vital y juvenil de la mujer, a pesar de su edad avanzada, lo que intensificó las especulaciones sobre el origen del ingrediente. Rumores adicionales la situaban merodeando por el panteón cercano durante la noche, cargando sus bolsas, aunque nada de esto se verificó jamás.
A medida que la historia se expandía como un incendio, la tortillería cerró abruptamente y Doña Rosa vanished sin dejar huella, dejando un vacío en la comunidad. Aunque carece de pruebas concretas, esta narrativa persiste como un emblema de lo macabro en lo cotidiano, recordando cómo las creencias ancestrales pueden entretejerse con la vida diaria en Oaxaca. En un contexto donde las tradiciones mixtecas enriquecen la identidad cultural, leyendas como esta invitan a reflexionar sobre el límite entre mito y realidad, sin alterar el aprecio por la gastronomía local.

