A media hora de la capital oaxaqueña, Teotitlán del Valle preserva sus raíces zapotecas a través de tradiciones, artesanías y paisajes que cautivan a visitantes. Reconocido por sus tapetes de lana tejidos en telares de pedal, este pueblo ofrece también un atractivo espiritual y natural: el cerro del Picacho o Guie Betz, “hermano de piedra” en zapoteco, cuya cima domina el Valle de Tlacolula.
Cada 3 de mayo, la comunidad asciende al Picacho para celebrar la festividad de la Santa Cruz y pedir lluvias, una costumbre con raíces prehispánicas dedicada al dios Dzahui, deidad de la lluvia, que hoy se mezcla con el simbolismo cristiano. El recorrido de 4.5 kilómetros, de dificultad moderada, combina paisajes rocosos y vegetación semidesértica, permitiendo avistar aves rapaces y pequeños mamíferos. Desde la cima, las vistas panorámicas confirman por qué este lugar es considerado sagrado.
El significado de Teotitlán refleja su vínculo con el entorno: del náhuatl Teocaltitlán, “tierra de dioses”, y en zapoteco Xaguixe, “al pie del monte”. Más allá del Picacho, el pueblo resguarda la iglesia de la Preciosa Sangre, construida en el siglo XVI sobre una plataforma ceremonial zapoteca; la Casa del Cristo Grande, centro de devoción; y el Museo Balastegui Rural, que expone la cosmovisión zapoteca. En su mercado matutino aún se practica el trueque, ejemplo de una economía basada en la confianza. Así, Teotitlán no solo es un destino turístico, sino un corazón cultural y espiritual en los Valles Centrales de Oaxaca.
