La flor de cresta de gallo, conocida científicamente como Celosia argentea y también como terciopelo, adorna las ofrendas y tumbas durante el Día de Muertos en Oaxaca con sus vibrantes tonos rojos, morados y anaranjados. Este elemento floral guía a las almas de los difuntos de regreso al mundo de los vivos, evoca valentía, pasión e inmortalidad, y refuerza la conexión eterna entre vivos y ancestros. Su textura aterciopelada y forma lanceolada la distinguen como símbolo de fuerza y resistencia ante la fragilidad de la existencia.
Floricultores de comunidades como San Antonino Castillo Velasco y Tlacolula de Matamoros cultivan esta planta con técnicas transmitidas por generaciones, en un proceso que exige tierra preparada y un «don» especial del sembrador. Alrededor de 70 campesinos participan en su siembra y cosecha, que se intensifica meses antes de la festividad para abastecer altares y panteones. La tradición, arraigada por más de un siglo, incluye concursos locales que celebran la dedicación agrícola y cultural.
En las ofrendas, la cresta de gallo complementa a la flor de cempasúchil al añadir nostalgia, alegría y consuelo tras la pérdida, mientras representa la sangre de Cristo y la resurrección en un sincretismo prehispánico-católico. Sus colores evocan luto y efimeridad, y su uso ornamental fortalece la memoria colectiva en rituales que honran a los seres queridos. Esta práctica no solo preserva valores comunitarios, sino que integra la flor como emblema de trascendencia en la celebración oaxaqueña.

