En Oaxaca, los panaderos mantienen viva una tradición centenaria con la elaboración de la Rosca de Reyes, un pan dulce que va más allá de su decoración colorida y se erige como emblema de la celebración del Día de Reyes. Esta festividad, arraigada en la fe cristiana, rememora la visita de los Reyes Magos al Niño Jesús y se ha convertido en un ritual familiar en México y Latinoamérica. Cada rosca, adornada con ate de diversos sabores, cerezas, higos y costras de mantequilla con azúcar, varía en precio desde los 40 hasta los 450 pesos, según su tamaño, lo que la hace accesible para distintos presupuestos en esta temporada.
Sin embargo, lo que distingue a las roscas oaxaqueñas es su integración de elementos locales que enriquecen su sabor y textura. En comunidades como Teotitlán del Valle, los artesanos dedican días enteros a su preparación, incorporando adornos como nopal, higos o frutas cristalizadas de la región. Además, se suman sabores típicos como ate de guayaba, perón o tejocote, junto con ingredientes autóctonos como miel, tejate y cacao, que reflejan la riqueza agrícola del estado. Oaxaca, uno de los principales productores de guayaba, tejocote, naranja y miel en el país, aprovecha estos recursos para fortalecer esta costumbre, convirtiéndola en un motor económico: a nivel nacional, se comercializan más de cuatro millones de roscas al año, según datos de la industria panadera.
De esta manera, la Rosca de Reyes no solo simboliza aspectos profundos de la tradición —su forma ovalada evoca el amor eterno y la corona real, las frutas representan joyas preciosas, y el muñeco oculto alude al Niño Jesús, obligando a quien lo encuentra a organizar la fiesta de la Candelaria el 2 de febrero—, sino que también impulsa el trabajo artesanal y preserva la identidad colectiva de Oaxaca. Así, esta pieza central de las mesas festivas une historia, economía y cultura en un bocado que trasciende lo efímero de la temporada.
