Expertos en dermatología desmienten varios mitos sobre el ácido hialurónico, una molécula presente de forma natural en el organismo que retiene agua y compensa la pérdida de volumen cutáneo a partir de los 25 años. Contrario a la creencia popular, esta sustancia no se reabsorbe por completo, ya que estudios con tomografías muestran residuos visibles tras más de una década de aplicación. Además, su inyección no causa dolor significativo, gracias a la lidocaína incorporada en productos registrados, y trasciende el uso facial para aplicarse en glúteos, cuero cabelludo o incluso en tratamientos para estrías y cicatrices. Los beneficios incluyen hidratación profunda con el tipo no reticulado, de duración de dos a seis meses, y volumen sostenido con el reticulado, que perdura entre seis y doce meses.
Los riesgos graves surgen de aplicaciones inadecuadas o excesivas, como obstrucciones arteriales que provocan necrosis cutánea o ceguera, especialmente en zonas cercanas a ojos y nariz. Reacciones inflamatorias, hematomas, abscesos y edemas alérgicos representan complicaciones comunes, mientras que el uso prolongado induce hinchazón crónica, fibrosis y deformaciones faciales por alteración del drenaje linfático. Aunque las alergias graves son raras debido al origen biotecnológico de los fillers, personas con trastornos de coagulación o en tratamiento anticoagulante enfrentan mayores precauciones.
Especialistas certificados recomiendan evaluar el tipo de ácido hialurónico según la genética y metabolismo individual, siempre en clínicas con productos aprobados por la Cofepris para minimizar efectos adversos. Cremas tópicas exigen aplicación sobre piel semihúmeda con masaje suave, ya que moléculas grandes no penetran capas profundas sin humedad. Fuentes científicas confirman que el ácido hialurónico no resulta tóxico ni permanente, pero su empleo constante modifica facciones si excede dos rellenos por sesión.

