En los barrios y colonias de la ciudad de Oaxaca, así como en diversas comunidades del estado, se mantiene viva la costumbre de elaborar y quemar muñecos que representan al Año Viejo, un ritual que simboliza el cierre de un ciclo y la renovación para el venidero. Familias enteras participan en la confección de estas figuras utilizando ropa usada, aserrín, paja, cartón o papel, materiales que les dan forma a un «viejo» sentado en las entradas de las viviendas o en espacios públicos durante los últimos días de diciembre. A medianoche del 31, estos monigotes se incendian, actuando como un acto de purificación que permite dejar atrás lo negativo acumulado, como malas energías o recuerdos adversos, mientras se abre paso a la esperanza de un nuevo comienzo.
Esta práctica, extendida desde regiones como Veracruz hasta Oaxaca, adquiere un carácter familiar y comunitario, fortaleciendo lazos entre vecinos al compartir la elaboración y el momento de la quema. En algunos casos, los muñecos incorporan elementos satíricos que aluden a situaciones difíciles o figuras públicas, añadiendo un toque de crítica social y humor al ritual. Aunque en ciertas zonas se incluye pirotecnia para iluminar el cielo, la esencia radica en el simbolismo del fuego como elemento renovador, una tradición que resiste el paso del tiempo pese a influencias modernas y preocupaciones ambientales.
Con el paso de los años, esta costumbre se adapta sin perder su profundidad espiritual, recordando que el fin de diciembre no solo marca un cambio de calendario, sino una oportunidad colectiva para reflexionar y soltar cargas. En un contexto de desafíos constantes, la quema del Año Viejo en Oaxaca resalta la resiliencia cultural, uniendo a las comunidades en un gesto de catarsis que invita a recibir el futuro con optimismo.

