En el Zócalo de Oaxaca, el último atardecer del 31 de diciembre marca el inicio de una celebración comunitaria que une a locales y visitantes en un ambiente de calidez y expectativa. Mientras el sol se oculta tiñendo el cielo de tonos cálidos, familias oaxaqueñas y turistas comienzan a llenar la plaza principal, rodeada de edificios coloniales, para compartir el cierre del año. El espacio se anima con la presencia de bandas musicales locales que interpretan ritmos tradicionales, invitando a bailes espontáneos, mientras vendedores ofrecen antojitos típicos que enriquecen la convivencia. Esta tradición refleja el carácter inclusivo de la ciudad, donde la plaza actúa como punto de encuentro natural, fomentando un sentido de comunidad antes de la llegada de la noche.
A medida que avanza la tarde, el ambiente se intensifica con elementos festivos que caracterizan las celebraciones oaxaqueñas. Grupos interpretan sones regionales y melodías populares, acompañados ocasionalmente de calendas, esos desfiles alegres con marionetas gigantes que recorren las calles aledañas. Muchas familias participan en rituales como comer las doce uvas para atraer buena suerte o preparar figuras simbólicas del «Año Viejo» para quemarlas, representando la renovación al dejar atrás lo pasado. La música y el bullicio crecen, con piñatas y juegos para los niños, creando un espacio de alegría compartida.
Finalmente, el clímax llega a medianoche con fuegos artificiales que iluminan el cielo sobre el Zócalo, un espectáculo comunitario que une a la multitud en vítores y abrazos colectivos. Esta forma de despedir el año prioriza la autenticidad cultural sobre eventos masivos organizados, destacando la vitalidad de las tradiciones locales. Para quienes visitan Oaxaca en estas fechas, llegar temprano asegura un buen lugar, y combinar la velada con cenas en restaurantes cercanos permite disfrutar plenamente de una celebración arraigada en la identidad oaxaqueña, que transforma el último atardecer en un preludio memorable al nuevo ciclo.
