Desde muy temprano, antes del café y del pan, las risas comenzaron a rebotar en patios, corredores y calles. En barrios de la capital, colonias populares y comunidades de la Sierra, la Mixteca, el Istmo y la Costa, los regalos aparecieron envueltos en papel brillante o simplemente acomodados junto al nacimiento. No hubo grandes ceremonias: bastó abrir los ojos.
Los juguetes clásicos volvieron a cumplir su misión. Carritos que recorrieron pisos de tierra y cemento, muñecas convertidas en compañeras inseparables, balones que encontraron porterías improvisadas entre piedras o mochilas, y trompos de madera girando entre retos y aplausos. Las bicicletas, quizá las más celebradas, salieron a rodar escoltadas por padres, madres y hermanos mayores, mientras las calles se transformaban, sin aviso previo, en pistas comunitarias.
Pero también hubo regalos que hablan del Oaxaca de hoy. Mochilas nuevas con la promesa del regreso a clases, cuentos infantiles, juegos didácticos, pequeños instrumentos musicales y ropa para “estrenar todo el año”. En muchos hogares, el obsequio más valioso no fue el más caro, sino el más pensado: ese que se eligió con semanas de anticipación o que representó el esfuerzo completo de un año.
En otras casas, los regalos llegaron gracias a la solidaridad. Vecinas, colectivos, grupos religiosos y brigadas comunitarias recorrieron agencias y colonias llevando juguetes y dulces. Para muchas infancias, esas manos anónimas fueron también parte de la Navidad.
La escena se repitió con una constante: madres observando desde las puertas, padres armando bicicletas o inflando balones, celulares grabando el momento y miradas que prefirieron guardarlo en la memoria.
Así, Oaxaca celebró una Navidad que no se midió en el tamaño de las cajas, sino en el tiempo compartido. Entre juegos improvisados y regalos sencillos, la niñez volvió a ocupar el centro de la escena y recordó a los adultos que, incluso en contextos difíciles, la esperanza siempre encuentra la forma de salir a jugar.
