Por Oscar García
Oaxaca ya huele a copal, a pan recién horneado y a chocolate caliente. En cada rincón de la ciudad, desde los barrios tradicionales hasta los mercados más coloridos, las familias ultiman los detalles para recibir a sus fieles difuntos. Las calles se llenan de flores de cempasúchil, papel picado y el murmullo de quienes buscan los ingredientes perfectos para la ofrenda.
En los hogares, las mesas se transforman en altares adornados con fotografías, velas, pan de muerto, frutas y platillos típicos. Todo debe estar listo para recibir a las almas que, según la tradición, regresan del más allá para convivir una noche más con sus seres queridos.
En los mercados, el movimiento no cesa. En los pasillos del 20 de Noviembre y de la Central de Abasto, el kilo de cacao ronda los 220 pesos, el de chocolate se vende en 240 y el medio kilo en 120. El mole negro oaxaqueño, protagonista infaltable, se ofrece a 45 pesos los 250 gramos o 150 pesos el kilo, listo para preparar ese guiso que honra la memoria de los ancestros.
El pan de yema, con su sabor dulce y su aroma inconfundible, se vende entre 90 y 150 pesos la bolsita, mientras que los panes grandes decorados con azúcar o ajonjolí alcanzan hasta 250 pesos. El pan resobado, otra delicia tradicional, se consigue en 80 pesos la docena.
Las veladoras, las frutas de temporada y las calaveritas ya ocupan los mostradores, dando un espectáculo de colores y aromas que solo Oaxaca puede ofrecer. Los visitantes, tanto locales como turistas, recorren los mercados con canastas repletas de productos, mientras el sonido de las bandas y los rezos acompañan la preparación.
Así, entre sabores, recuerdos y flores, Oaxaca se alista para vivir una de sus festividades más entrañables: el Día de Muertos, una celebración que mezcla la devoción, la memoria y la alegría de volver a encontrarse, aunque sea por un instante, con quienes ya partieron.
