Por las arterias del Centro Histórico de Oaxaca volvió a latir la esencia más pura de su identidad. Al sonido de las bandas de música, entre sones, jarabes, se realizó el Primer Convite de la Guelaguetza 2025, que desbordó misticismo, alegría y tradición, anunciando el inicio de la máxima fiesta de las y los oaxaqueños.
Desde temprana hora, las delegaciones se dieron cita en la ciudad, ataviadas con sus trajes típicos, portando canastas floridas, marmotas danzantes y monos de calenda que guiaban el paso entre la algarabía popular.
El convite, como dicta la tradición, recorrió las principales calles del corazón oaxaqueño, convirtiendo el adoquín en pista de baile y el cielo en escenario para cohetes que estallaban como salvas de júbilo. No era un simple desfile: era una procesión festiva donde se invocaban los espíritus de la tierra, se agradecía a los ancestros y se abría paso al esplendor de julio.

Este acto cultural un llamado a la comunidad, una invitación viva para unirse al gozo colectivo. Cada paso de baile, cada mirada entretejida entre generaciones, evocaba el alma viva de Oaxaca, donde el presente y el pasado se funden en celebración.
Para garantizar la seguridad de propios y extraños, la Policía Vial Estatal desplegó un operativo especial que permitió disfrutar del recorrido con orden y fluidez, sin que se perdiera la espontaneidad que hace del convite una fiesta del pueblo y para el pueblo.

Así, entre música, danzas y el perfume ancestral del incienso, Oaxaca dio la bienvenida a las Fiestas de Julio. El convite no solo abrió el calendario festivo: encendió el corazón de una ciudad que, una vez más, se prepara para rendir tributo a su herencia con los Lunes del Cerro como cima de su esplendor.
Porque en Oaxaca, la fiesta no se celebra: se vive, se siente y se comparte. Y este primer convite fue el umbral.

