En Tehuantepec, Oaxaca, los viernes de Cuaresma se convierten en un vibrante testimonio de fe y tradición que une a la comunidad en rituales heredados de generaciones pasadas. Esta celebración, que precede a la Semana Mayor, atrae a cientos de visitantes nacionales con su mezcla de devoción y toque picaresco, impulsada principalmente por las mujeres conocidas como shelashuanas. Ellas actúan como anfitrionas, coordinando los preparativos que comienzan el jueves anterior con la deshojada y desgranada de mazorcas, un acto donde se obsequian «cariños» como jabón, arroz o pasta a las participantes, fomentando un sentido de comunión. Mientras tanto, los feligreses acuden temprano a las iglesias barriales para adornar los altares con veladoras y flores multicolores, honrando la imagen de Cristo crucificado en un ambiente de abstinencia de carne roja, simbolizando la reparación de pecados y el bien común.
A medida que avanza la noche del jueves, los rituales se intensifican con la preparación de platillos emblemáticos: se sacrifican iguanas para elaborar tamales, se cocina mole negro y, en la madrugada del viernes, se muelen ingredientes para completar los tamales, junto con el frito de pescado que forma parte esencial de la costumbre. Estos días de encuentro no solo resaltan la abstinencia religiosa, sino que también fortalecen los lazos comunitarios en los 14 barrios de Tehuantepec, donde cada uno asume el rol de organizador en turnos rotativos. Así, durante seis viernes consecutivos, la población revive la Pasión de Cristo mediante estas prácticas, combinando elementos gastronómicos y espirituales que enriquecen la identidad istmeña.
De esta manera, la tradición cuaresmal en Tehuantepec trasciende lo meramente devoto para convertirse en un evento cultural que preserva el patrimonio local, atrayendo a observadores externos y reforzando la cohesión social en un contexto de fe compartida.
