Introducción
La presente investigación parte de una conjetura de carácter interpretativo. No pretende establecer una afirmación definitiva acerca del sentido del asombro en la historia de la filosofía, sino proponer una lectura posible de una tradición cuyo significado permanece abierto a nuevas interpretaciones. Como ocurre con toda aproximación hermenéutica, las reflexiones aquí desarrolladas constituyen una interpretación susceptible de ser ampliada, discutida o reformulada.
La hipótesis central sostiene que el asombro constituye un hilo conductor que recorre una parte importante de la tradición filosófica occidental, aunque su significado y función cambian conforme se transforman los problemas, los contextos históricos y los horizontes conceptuales de cada autor. Más que un concepto uniforme, el asombro puede comprenderse como una experiencia originaria cuya continuidad permanece, aun cuando sus formas de interpretación sean diversas.
Desde esta perspectiva, el trabajo reconstruye una ruta filosófica en el que cada momento amplía el anterior sin sustituirlo por completo. Los primeros filósofos de la naturaleza manifiestan una forma implícita de asombro al buscar racionalmente el principio de todas las cosas. Platón convierte esa disposición en el origen explícito del filosofar; Aristóteles muestra que acompaña de manera permanente el deseo de conocer; Descartes la interpreta como la primera disposición de la atención;
finalmente, Karl Jaspers la comprende como una fuente vinculada con las experiencias fundamentales de la existencia humana.
Si esta reconstrucción resulta recomendable, el recorrido histórico podría permitir abrir una segunda cuestión: ¿puede una tradición filosófica que reconoce el asombro como condición del conocimiento ofrecer también elementos para pensar la educación? La presente indagación propone, igualmente como hipótesis, que dicha tradición proporciona fundamentos suficientes para esbozar una pedagogía del asombro, entendida no como un modelo pedagógico acabado, sino como una orientación que reconoce el valor formativo de la admiración, la curiosidad y la pregunta.
La infancia ocupa aquí un lugar privilegiado. Durante los primeros años de vida, la relación con el mundo se caracteriza por una intensa curiosidad y por una constante disposición a interrogar la realidad. En consecuencia, una tarea esencial de la educación puede ser preservar esa apertura originaria, evitando que el aprendizaje se reduzca a la repetición de respuestas previamente establecidas.
En este sentido, el propósito del trabajo no es reconstruir exhaustivamente la historia del concepto de asombro ni ofrecer una definición definitiva de su significado. Su objetivo es más modesto: examinar algunos momentos decisivos de la tradición filosófica para mostrar cómo el asombro acompaña distintas formas de comprender el conocimiento y el filosofar, permitiendo finalmente proponer una interpretación de sus posibles implicaciones pedagógicas.
Desarrollo
La historia de la filosofía puede leerse no sólo como una sucesión de doctrinas, sino también como la continuidad de una actitud que impulsa al ser humano a cuestionar aquello que parecía evidente. Aunque las preguntas, los métodos y los problemas cambian con el tiempo, permanece una disposición común: el asombro.
Esta actitud, sin embargo, no conserva siempre el mismo objeto. En los primeros filósofos se dirige hacia el origen de la naturaleza; con Platón se orienta al comienzo mismo del filosofar; Aristóteles la relaciona con el desarrollo del conocimiento; Descartes la sitúa en el sujeto que conoce; y Jaspers la proyecta sobre la existencia humana. Más que rupturas, estos desplazamientos pueden entenderse como momentos sucesivos de una misma tradición de pensamiento.
El recorrido que sigue busca reconstruir esa continuidad, mostrando cómo cada autor recibe las preguntas de sus predecesores y las amplía desde nuevos horizontes filosóficos.
- La tradición presocrática: el asombro como búsqueda racional del arjé
Aunque la formulación explícita del asombro como origen de la filosofía pertenece a Platón y será desarrollada posteriormente por Aristóteles, es posible sostener, como hipótesis interpretativa, que dicha disposición ya se encuentra implícita en la investigación de los primeros filósofos griegos. Los presocráticos nunca elaboraron una teoría del asombro; sin embargo, la naturaleza de sus preguntas revela una actitud intelectual nacida de la necesidad de comprender racionalmente el mundo.
El nacimiento de la filosofía puede interpretarse, así, como el tránsito desde la explicación mítica hacia la búsqueda de principios universales capaces de explicar la realidad mediante la razón. Lo decisivo no reside todavía en las respuestas alcanzadas, sino en el nuevo modo de preguntar.
Aristóteles reconoce retrospectivamente este proceso al iniciar el primer libro de la Metafísica:
«Recordemos, sin embargo, aquí las opiniones de aquellos que antes que nosotros se han dedicado al estudio del ser y han filosofado sobre la verdad; y que, por otra parte, han discurrido también sobre ciertos principios y ciertas causas. Esta revista será un preliminar útil a la indagación que nos ocupa.»
El pasaje muestra que la filosofía nace como una investigación acumulativa. Cada pensador recibe las preguntas heredadas y procura ampliarlas mediante nuevas explicaciones acerca de las causas y los principios de la realidad.
En este horizonte se sitúa Tales de Mileto, quien propone el agua como principio de todas las cosas. Más allá del contenido de su respuesta, el verdadero alcance filosófico de su propuesta consiste en intentar explicar el universo mediante un fundamento racional y no a través del relato mítico.
Posteriormente, Anaxímenes identificará el aire como principio originario; Heráclito comprenderá el fuego como expresión del cambio permanente; y Empédocles sostendrá que la realidad surge de la combinación de cuatro elementos fundamentales:
«Empédocles admite cuatro elementos (…) Estos elementos subsisten siempre (…) se mezclan y se desunen, se agregan y se separan.»
La diversidad de estas respuestas puede revelar un aspecto decisivo. Ninguna logra cerrar definitivamente la investigación. Cada intento de explicación abre nuevas dificultades y obliga al pensamiento a formular preguntas más profundas.
Aristóteles resume este dinamismo con una observación particularmente significativa:
«Una vez en este punto, se vieron precisados a caminar adelante y a entrar en nuevas indagaciones.»
La expresión «caminar adelante» posee un profundo significado filosófico. El conocimiento no avanza porque sustituya completamente las respuestas anteriores, sino porque cada explicación alcanzada descubre nuevos problemas. En este sentido, el asombro no desaparece con el conocimiento; se transforma y encuentra nuevos motivos para continuar investigando.
Esta evolución resulta especialmente visible en Anaxágoras. Frente a las interpretaciones centradas únicamente en elementos materiales, introduce el Nous como principio ordenador del universo:
«Cuando hubo un hombre que proclamó que en la naturaleza (…) había una inteligencia, causa del concierto y del orden universal, pareció que este hombre era el único que estaba en el pleno uso de su razón.»
Por su parte, los pitagóricos desplazan la investigación hacia la estructura matemática de la realidad:
«Creyeron que los principios de las matemáticas eran los principios de todos los seres.»
Ambas propuestas muestran un cambio importante. La reflexión filosófica deja de buscar únicamente un elemento físico y comienza a explorar principios más abstractos capaces de explicar el orden del cosmos.
Al concluir su revisión histórica, Aristóteles ofrece una valoración que resume el carácter todavía inicial de estas investigaciones:
«Hasta aquí, en nuestra opinión, los filósofos han reconocido dos de las causas (…); lo han hecho de una manera oscura e indistinta, como se conducen los soldados bisoños en un combate.»
Lejos de desacreditar a los primeros filósofos, esta comparación destaca el carácter progresivo del conocimiento. Los presocráticos no resolvieron definitivamente el problema de los principios, pero inauguraron una forma fresca de comprender la realidad: la búsqueda racional de fundamentos universales.
Precisamente aquí aparece el límite de esta primera etapa. Aunque su investigación manifiesta una actitud que puede interpretarse como asombro, ninguno de estos pensadores convierte esa disposición en objeto de reflexión. El asombro permanece actuando como impulso silencioso de la investigación, pero todavía no ha sido tematizado filosóficamente.
Será Platón quien dé ese paso decisivo. Si los presocráticos dirigieron la pregunta hacia el origen del cosmos, Platón desplazará la reflexión hacia el origen del propio filosofar. Con ello, el asombro dejará de ser únicamente el motor implícito de la investigación para convertirse, por primera vez, en un tema explícito de la filosofía.
- Platón: el asombro como origen explícito del filosofar
La revisión de los presocráticos permite advertir que la filosofía nació como un esfuerzo por comprender racionalmente el mundo. Sin embargo, aún permanecía sin responder una cuestión decisiva: ¿qué hace posible que el ser humano comience a filosofar? Con Platón, esta pregunta se convierte por primera vez en objeto explícito de reflexión. El interés deja de centrarse únicamente en el origen del cosmos para dirigirse también al origen mismo del filosofar.
Esta transformación aparece en el Teeteto, cuando Teeteto reconoce el desconcierto que experimenta frente a las preguntas de Sócrates:
«¡Por todos los dioses! Sócrates, estoy absolutamente sorprendido con todo esto, y algunas veces, al pensar en ello, llego verdaderamente a sentir vértigo.»
El «vértigo» al que alude el diálogo no expresa simplemente una emoción pasajera. Puede representar la experiencia de descubrir que aquello que parecía evidente deja de ser suficiente para explicar la realidad. El pensamiento reconoce sus límites y, precisamente por ello, comienza a buscar.
Sócrates convierte esa experiencia particular en una afirmación de alcance universal:
«Mi querido amigo, me parece que Teodoro no se ha equivocado al juzgar tu condición natural, pues experimentar eso que llamamos la admiración es muy característico del filósofo. Éste y otro no, efectivamente, es el origen de la filosofía.»
En este pasaje Platón formula por primera vez de manera explícita que el thaumázein —el asombro o admiración— constituye el origen del filosofar. A diferencia de los presocráticos, cuyo asombro puede inferirse de sus investigaciones sobre la naturaleza, Platón convierte esa disposición en objeto de reflexión filosófica. Filosofar comienza cuando el ser humano reconoce que todavía no sabe y que necesita buscar la verdad.
Esta comprensión podría permitir entender también el sentido de la mayéutica socrática. El diálogo no pretende transmitir respuestas acabadas, sino conducir al interlocutor al reconocimiento de su propia ignorancia. Solo quien descubre los límites de lo que cree saber puede abrirse realmente al conocimiento. Así, el asombro deja de ser una reacción emocional para convertirse en la condición que mantiene viva la investigación filosófica.
Con Platón se produce, por tanto, un desplazamiento importante respecto de la tradición anterior. Los presocráticos dirigían su búsqueda hacia el origen del universo; Platón orienta la reflexión hacia el origen del propio acto de filosofar. El pensamiento comienza a tomar conciencia de sí mismo.
No obstante, permanece todavía una cuestión abierta. Si el asombro explica por qué inicia la filosofía, aún falta determinar si desaparece cuando el conocimiento avanza o si continúa acompañando todo el proceso de búsqueda. Esta pregunta será desarrollada por Aristóteles, quien mostrará que la admiración no pertenece únicamente al comienzo del filosofar, sino que sostiene permanentemente el deseo humano de conocer.
III. Aristóteles: el asombro como impulso permanente del conocimiento
Aristóteles retoma la intuición platónica, pero le otorga un alcance mayor. El asombro no explica únicamente el inicio de la filosofía; constituye también la fuerza que mantiene vivo el deseo de saber durante todo el proceso del conocimiento.
En el libro primero de la Metafísica afirma:
«Los hombres —ahora y desde el principio— comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante las peculiaridades de la luna, del sol y de los astros, y ante el origen de todo.»
Este pasaje introduce una idea importante: el asombro evoluciona junto con el conocimiento. Primero surge ante hechos cotidianos; más tarde conduce a preguntas cada vez más profundas sobre la naturaleza, el universo y las primeras causas. Conocer no significa dejar de admirarse, sino aprender a admirarse de otra manera.
Aristóteles explica además por qué el asombro impulsa la investigación:
«El que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe (…). Así pues, si filosofaron por huir de la ignorancia, es obvio que perseguían el saber por afán de conocimiento y no por utilidad alguna.»
El reconocimiento de la propia ignorancia no representa una deficiencia, sino la condición misma del aprendizaje. Mientras quien cree saber deja de preguntar, quien se asombra permanece abierto a nuevas posibilidades de comprensión.
En este punto se indica la continuidad con Platón. Ambos coinciden en que el conocimiento comienza cuando el ser humano descubre que no posee respuestas suficientes. Sin embargo, Aristóteles añade un matiz importante: el asombro no desaparece con las primeras explicaciones. Cada respuesta bien fundamentada abre nuevas preguntas y amplía el horizonte del conocimiento.
De esta manera, el recorrido iniciado por los presocráticos adquiere una mayor unidad. Ellos mostraron una búsqueda racional del arjé; Platón explicó que el asombro origina el filosofar; Aristóteles demuestra que esa misma disposición acompaña todo el desarrollo del conocimiento porque mantiene vivo el deseo de comprender.
Sin embargo, su reflexión continúa centrada principalmente en el conocimiento de la realidad. Todavía queda pendiente una cuestión: ¿qué sucede en el sujeto cuando experimenta la admiración? La filosofía moderna trasladará el análisis hacia esa experiencia interior. Será René Descartes quien explique cómo el asombro actúa en la conciencia y orienta la atención hacia aquello que merece ser conocido.
- René Descartes: la admiración como disposición originaria de la atención
Hasta este punto, el recorrido ha mostrado que el asombro impulsa la búsqueda del conocimiento. Los presocráticos lo expresaron en la investigación del principio de la naturaleza; Platón lo reconoció como el origen del filosofar; Aristóteles explicó que acompaña permanentemente el deseo de saber. Con René Descartes se produce un nuevo desplazamiento: la reflexión deja de centrarse únicamente en el objeto conocido para atender también al sujeto que conoce.
En Las pasiones del alma, Descartes comenta:
«Cuando nos sorprende el primer encuentro con algún objeto (…) lo admiramos sorprendidos (…) creo que la admiración es la primera de todas las pasiones.»
La admiración aparece aquí como la reacción inmediata del alma ante aquello que se presenta como nuevo o inesperado. Antes de emitir un juicio o formular una explicación, la mente dirige espontáneamente su atención hacia aquello que rompe con lo habitual.
El filósofo precisa esta idea al definir la admiración como:
«La admiración es una súbita sorpresa del alma que le hace considerar con atención los objetos que le parecen raros o extraordinarios.»
La novedad de esta interpretación puede consistir en comprender el asombro como una condición psicológica del conocimiento. La admiración todavía no produce saber, pero hace posible que el sujeto concentre su atención y comience a investigar. Sin esa primera apertura difícilmente podría iniciarse cualquier proceso de aprendizaje.
Más que romper con la tradición clásica, Descartes parece complementarla. Si Platón había explicado por qué comienza el filosofar y Aristóteles por qué continúa, Descartes muestra cómo opera esa disposición en la experiencia interior del sujeto. El centro de la reflexión se desplaza gradualmente del mundo hacia la conciencia que lo contempla.
Sin embargo, esta explicación sigue vinculada principalmente al conocimiento. Queda todavía una pregunta abierta: ¿el asombro acompaña únicamente el acto de conocer o forma parte de la existencia humana en su conjunto? Karl Jaspers ofrecerá una respuesta más amplia al comprender el asombro como un origen siempre de la condición humana.
- Karl Jaspers: el asombro como origen permanente del filosofar
La propuesta de Karl Jaspers puede entenderse, por ahora, como una ampliación del recorrido anterior. Sin abandonar las intuiciones de la tradición clásica, sostiene que el asombro no pertenece únicamente al nacimiento histórico de la filosofía, sino que constituye una fuente permanente que puede renovarse en toda existencia humana.
En La filosofía desde el punto de vista de la existencia distingue entre el comienzo histórico de la filosofía y su origen permanente:
«Comienzo no es lo mismo que origen (…) Origen es la fuente de la que mana en todo tiempo el impulso que mueve a filosofar.»
Esta distinción resulta importante. El comienzo remite al surgimiento histórico de la filosofía griega; el origen, en cambio, permanece siempre disponible para cualquier persona. Filosofar no consiste en repetir un acontecimiento del pasado, sino en reactivar una disposición que puede aparecer una y otra vez.
Jaspers identifica tres fuentes fundamentales del filosofar:
«Del asombro sale la pregunta y el conocimiento; de la duda acerca de lo conocido el examen crítico y la clara certeza; de la conmoción del hombre y de la conciencia de estar perdido la cuestión de sí mismo.»
Con ello integra buena parte de la tradición filosófica. El asombro impulsa el conocimiento; la duda favorece el examen crítico; y las experiencias profundas de la existencia llevan al ser humano a preguntarse por sí mismo.
Al recordar expresamente a Platón y Aristóteles, afirma:
«El admirarse empuja a conocer. En la admiración cobro conciencia de no saber. Busco el saber, pero el saber mismo, no «para satisfacer ninguna necesidad común».»
Aquí convergen las intuiciones fundamentales de ambos filósofos: el asombro revela la insuficiencia del saber y mueve a buscar el conocimiento por sí mismo. Sin embargo, Jaspers añade un elemento nuevo: esta experiencia puede repetirse constantemente porque forma parte de la condición humana.
La ampliación alcanza su mayor profundidad cuando introduce las llamadas situaciones límite —la muerte, el sufrimiento, la culpa, el azar o la fragilidad de la existencia— y concluye:
«La conciencia de estas situaciones límites es después del asombro y de la duda el origen, más profundo aún, de la filosofía.»
El asombro ya no nace únicamente frente al universo o ante un problema intelectual; también surge cuando la persona se enfrenta a experiencias que ponen en cuestión el sentido mismo de la existencia. La filosofía deja entonces de ser solo una búsqueda de explicaciones para convertirse también en una forma de comprender la propia vida.
Con Jaspers culmina la ruta de esta investigación. Por consiguiente, el asombro aparece primero como impulso implícito en la búsqueda del arjé; después como origen explícito del filosofar en Platón; como motor permanente del deseo de saber en Aristóteles; como disposición originaria de la atención en Descartes; y, finalmente, con Jaspers, como una fuente permanente a la que el ser humano puede volver en cualquier momento de su existencia para reanudar la reflexión filosófica.
Este recorrido permite abrir una última cuestión. Si el asombro ha mostrado ser una condición que impulsa y renueva el conocimiento filosófico, ¿podría también orientar la educación? A partir de esta pregunta es posible proponer una pedagogía del asombro, entendida no como un método cerrado, sino como una perspectiva educativa que reconoce el valor formativo de la curiosidad, la pregunta y la admiración.
VI. Hacia una pedagogía del asombro: una propuesta interpretativa
El recorrido realizado permite pensar, como hipótesis, que el asombro no es únicamente un tema recurrente en la historia de la filosofía, sino una disposición originaria que acompaña, bajo distintas formulaciones, el nacimiento y el desarrollo del conocimiento. Aunque cada autor lo interpreta desde problemas y contextos diversos, parece que todos coinciden en mostrar que el pensamiento comienza cuando el ser humano se enfrenta con aquello que aún no comprende plenamente.
Desde esta perspectiva, resultaría importante preguntarse si las implicaciones del asombro pueden extenderse más allá del ámbito filosófico y ofrecer elementos para pensar la educación. Esta indagación no pretende derivar una teoría pedagógica directamente de los autores estudiados, sino establecer un diálogo entre la tradición filosófica y algunos desafíos actuales de la enseñanza. La propuesta consiste en considerar que, si el asombro favorece el conocimiento, también puede constituir un fundamento valioso para el aprendizaje.
La infancia ocupa aquí un lugar privilegiado. En los primeros años de vida, la relación con el mundo se caracteriza por una curiosidad espontánea, el deseo de explorar y la formulación constante de preguntas. Lo que para el adulto suele pasar inadvertido continúa siendo motivo de admiración para el niño. Desde esta perspectiva, una tarea esencial de la educación no sería producir el asombro, sino conservarlo y fortalecerlo mediante experiencias que mantengan viva esa apertura natural hacia el conocimiento.
Así entendido, aprender no consistiría únicamente en incorporar contenidos, sino también en desarrollar una actitud permanente de interrogación frente a la realidad. El conocimiento comienza cuando aparecen preguntas auténticas y no solamente cuando se ofrecen respuestas.
Esta comprensión transforma también el papel del docente. Más que ser un transmisor de información, el maestro puede convertirse en un mediador del asombro, alguien capaz de crear situaciones que inviten a observar, comparar, dialogar y cuestionar aquello que parece evidente. Enseñar implica ofrecer conocimientos, pero también despertar el deseo de comprender.
Vista en conjunto, la tradición filosófica recorrida desemboca en una misma intuición. Los presocráticos inauguran la búsqueda racional del mundo; Platón identifica el asombro como origen del filosofar; Aristóteles muestra que sostiene el deseo permanente de conocer; Descartes explica que orienta la atención; y Jaspers amplía su significado al comprenderlo como una fuente permanente de la existencia filosófica. En todos los casos, el conocimiento comienza con una apertura hacia aquello que todavía permanece por comprender.
Por ello, la pedagogía del asombro que aquí se propone no debe entenderse como un modelo educativo cerrado, sino como una orientación que invita a recuperar el valor formativo de la curiosidad, la admiración y la pregunta. Más que acumular información, busca formar personas capaces de observar críticamente la realidad, reconocer los límites de su conocimiento y mantener una disposición permanente para seguir aprendiendo.
Conclusiones
El recorrido desarrollado muestra que no existe una única comprensión del asombro en la historia de la filosofía. Cada autor lo interpreta desde problemas y horizontes distintos; sin embargo, entre esas diferencias puede reconocerse un hilo conductor que otorga unidad a la tradición.
Los presocráticos inauguraron una búsqueda racional de los principios de la naturaleza, aunque sin formular todavía una teoría del asombro. Platón hizo explícita esa disposición al afirmar que la admiración constituye el origen del filosofar; Aristóteles amplió esta idea al mostrar que el asombro acompaña permanentemente el deseo de conocer; Descartes desplazó la reflexión hacia el sujeto y explicó la admiración como la primera disposición de la atención; finalmente, Jaspers integró estas aportaciones al sostener que el asombro permanece como una fuente siempre de la existencia humana.
A partir de esta reconstrucción puede decirse, como conjetura interpretativa, que el asombro constituye una experiencia originaria cuyo significado se transforma a lo largo de la tradición filosófica sin perder completamente su continuidad. Cambian los problemas, los métodos y los contextos históricos, pero permanece la convicción de que el conocimiento comienza cuando el ser humano reconoce que aún tiene algo por comprender.
Esta continuidad permite proyectar la reflexión hacia el ámbito educativo. La pedagogía del asombro propuesta en este trabajo no pretende ofrecer un método definitivo, sino destacar que el aprendizaje puede fortalecerse cuando conserva viva la curiosidad y la capacidad de preguntar. Desde esta perspectiva, la educación no solo transmite conocimientos, sino que también cultiva las condiciones que hacen posible el deseo de conocer.
Así pues, la infancia representa un momento especialmente significativo para esta tarea. La curiosidad, la exploración y la admiración aparecen de manera espontánea en los niños; por ello, uno de los desafíos de la escuela consiste en evitar que dichas disposiciones se debiliten bajo prácticas centradas exclusivamente en la repetición de respuestas. Educar también implica preservar la capacidad de sorprenderse.
En consecuencia, el docente puede entenderse como un acompañante o facilitador del descubrimiento. Su función no se reduce a explicar contenidos, sino a favorecer experiencias que mantengan vivas las preguntas y promuevan una comprensión cada vez más profunda de la realidad.
Las reflexiones aquí presentadas no buscan clausurar el debate. Al contrario, pretenden abrir nuevas posibilidades de diálogo entre la filosofía y la educación. Si esta reconstrucción resultó interesante, quizá su principal aportación pueda consistir en recordar que la capacidad de asombrarse sigue siendo una de las fuentes más fecundas del conocimiento, del pensamiento crítico y de la experiencia educativa.
Bibliografía
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Jaspers, K. (2003). La filosofía desde el punto de vista de la existencia (J. Gaos, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1938).
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