Con el incremento de las temperaturas en la entidad, la gastronomía local encontró una vía de expresión a través de la heladería artesanal, donde establecimientos como «La Zapoteca» destacaron por integrar elementos icónicos de la cocina regional en formatos refrescantes. Esta propuesta se alejó de los sabores convencionales para experimentar con ingredientes como el mole oaxaqueño, el nicuatole y el chepiche, logrando que platillos tradicionalmente calientes o salados transitaran hacia el paladar como postres congelados. El proceso de elaboración se mantuvo bajo métodos tradicionales, utilizando insumos frescos y naturales que permitieron capturar la identidad cultural de Oaxaca en cada sorbete.
La oferta de esta nevería se diversificó en categorías que abarcaron desde opciones saludables hasta variantes gourmet y envinadas. Entre las combinaciones más singulares que captaron la atención de locales y visitantes se encontraron la nieve de flor de bugambilia, elote con flor de calabaza y mezcal acompañado de chapulín, además de la incorporación de insectos como el gusano de maguey en mezclas con chepil. A pesar de la innovación en sus recetas exóticas, el catálogo conservó los pilares de la nieve oaxaqueña, ofreciendo clásicos como leche quemada, tuna y beso de ángel, manteniendo así un equilibrio entre la vanguardia culinaria y la herencia de los mercados tradicionales.
Actualmente, estos productos se distribuyeron en puntos estratégicos del Centro Histórico, incluyendo recintos culturales como el pasaje Andares del Arte Popular y el Centro Cultural San Pablo, así como en nuevas sucursales en la Carretera Internacional. La expansión de estos sabores reflejó una tendencia creciente por humanizar el consumo local, donde el acto de refrescarse se convirtió también en una oportunidad para explorar la biodiversidad y el patrimonio gastronómico del estado a través de presentaciones poco comunes pero profundamente arraigadas en la esencia oaxaqueña.
