Con la llegada de la Cuaresma, no solo cambian los altares y las tradiciones religiosas; también se transforma el menú en miles de hogares oaxaqueños. Cada viernes, la carne roja queda fuera de la mesa y el pescado se convierte en el protagonista, en una costumbre que mezcla fe, historia y economía.
Este periodo litúrgico, que inicia con el Miércoles de Ceniza y culmina en Semana Santa, recuerda la pasión y muerte de Jesucristo. Como acto de penitencia, la abstinencia de carne roja se practica especialmente los viernes, una tradición que sigue vigente en 2026 y que, año con año, se refleja con claridad en los centros de abasto.
Basta recorrer el Mercado de Abasto o el Mercado 20 de Noviembre para notar el cambio de ritmo. Mientras en las carnicerías la venta baja ligeramente, los pasillos de pescados y mariscos cobran vida. Mojarras relucientes sobre hielo, filetes blancos listos para empanizar y camarones frescos se convierten en los productos más buscados.
Aunque podría pensarse que el pescado es la opción más económica, no siempre es así. En algunos casos, su precio iguala o supera al de ciertos cortes de res, influido por costos de traslado, temporada y demanda. Aun así, las familias ajustan el presupuesto para cumplir con la tradición.
En un contexto marcado por la inflación en alimentos, muchos optan por alternativas más accesibles como atún enlatado, tortitas de papa, lentejas o platillos a base de verduras. La clave está en organizar el gasto sin dejar de lado la costumbre.
Economistas locales explican que más que una caída en el consumo, lo que ocurre es una redistribución: la carne se compra otros días de la semana, mientras que el sector pesquero recibe un impulso temporal. Así, la Cuaresma no solo es un tiempo de reflexión espiritual, sino también una temporada que dinamiza los mercados y confirma cómo la tradición sigue marcando el pulso de la economía oaxaqueña.
