Cada 23 de octubre, los fieles se congregan en la Catedral Metropolitana, llevando flores, ofrendas y la fe que no se apaga, para celebrar un milagro que trasciende la historia y el tiempo.
Cuenta la leyenda que, hace más de cuatro siglos, un rayo destruyó parte de la Catedral, reduciendo techos y paredes a cenizas. Sin embargo, la imagen del Cristo permaneció intacta, con apenas el hollín marcando su madera. Desde entonces, el Señor del Rayo se convirtió en símbolo de protección divina, guardián de las tormentas y testigo del poder de Dios sobre la naturaleza y la vida de los oaxaqueños.
Su origen también se entrelaza con historias de devoción y sincretismo. Traído desde España por orden del rey Carlos I, el Cristo fue recibido por los pueblos indígenas que, admirados por su belleza, lo hicieron suyo.
Con el tiempo, su culto absorbió la memoria de Pitao Cocijo, deidad zapoteca del rayo y la lluvia, dando lugar a una fe única donde lo católico y lo ancestral se encuentran en un mismo acto de veneración.
La imagen, de tamaño natural y piel morena, refleja el momento de la crucifixión: manos y pies clavados en la cruz, herida en el costado, corona de espinas y taparrabo que cubre su cuerpo. Cada año, su capilla se llena de música, danzas y calendas; su altar se cubre de flores, y los fieles se acercan con el corazón abierto para pedir salud, protección y fortaleza.
El punto culminante de la celebración es la misa solemne, en la que los oaxaqueños elevan sus oraciones, cantan himnos y renuevan su devoción, momento en que la comunidad se siente unida, guiada por el espíritu del Señor del Rayo, agradeciendo los milagros recibidos y buscando consuelo para los desafíos venideros.
El Señor del Rayo es la esperanza de un pueblo, la fe que resiste tempestades y el vínculo entre lo humano y lo divino.
