El crecimiento explosivo de la industria del mezcal transforma la producción en México de un millón de litros en 2010 a más de 11 millones en 2024, según el Consejo Mexicano Regulador de la Calidad del Mezcal (Comercam), con casi toda la elaboración concentrada en Oaxaca y alrededor del 75 por ciento de las exportaciones dirigidas a Estados Unidos.
Este boom, impulsado por marcas internacionales y la popularidad en mercados extranjeros, expande plantaciones de agave espadín en más de 400 por ciento durante las últimas tres décadas y sustituye bosques nativos y sistemas agrícolas tradicionales como la milpa.
La deforestación avanza con rapidez: más de 34 mil 953 hectáreas de bosques tropicales secos y de pino encino desaparecen en los últimos 27 años para dar paso a cultivos de agave, una superficie equivalente al tamaño de la ciudad de Querétaro, de acuerdo con un estudio dirigido por el ingeniero forestal Rufino Sandoval-García.
La pérdida de cobertura vegetal acelera la erosión del suelo, reduce la captura de carbono en más de cuatro millones de toneladas anuales en las zonas afectadas, limita la retención de agua y genera islas de calor. Además, la producción requiere al menos 10 litros de agua por litro de mezcal, genera residuos contaminantes como bagazo y vinazas que se vierten en ríos sin tratamiento adecuado, y depende de leña proveniente en gran parte de talas ilegales.
La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales investiga nueve denuncias por deforestación ilegal vinculada al mezcal desde 2021, aunque no ha recibido solicitudes formales para talar bosques en los últimos tres años.
Algunos productores y organizaciones como Guardianas del Mezcal y Tierra de Agaves promueven prácticas sostenibles, protegen áreas boscosas y reutilizan residuos, pero el modelo industrial prioriza la escala sobre la conservación en una región de alta pobreza donde el empleo generado contrasta con los daños ecológicos.

