Las mujeres rarámuris de la Sierra Tarahumara en Chihuahua superan a los hombres en migraciones forzadas, impulsadas por la escasez crónica de agua que arrasa cultivos de maíz y frijol. Ante la sequía exacerbada por el cambio climático, ellas viajan con hijos a regiones como Cuauhtémoc, Jiménez, Sinaloa y Sonora para intercambiar artesanías por alimentos básicos como harina, sardinas y café. Esta dinámica deja comunidades semidesiertas, con solo ancianos y dos o tres alumnos por escuela, según reportes de activistas locales.
El cambio climático seca manantiales y altera ciclos de barbecho, mientras la inseguridad del crimen organizado acelera la salida de familias enteras de 35 comunidades en Urique y alrededores. José Dionisio Gutiérrez Osorio, líder en Urique, confirma que la falta de agua genera hambrunas, con familias que comen una vez al día para racionar recursos escasos. Organizaciones como el Centro para el Desarrollo Alternativo Indígena (CEDAIN) apoyan a 850 familias mediante trueques coordinados, pero la migración persiste y vacía rancherías tradicionales.
Esta inversión de roles, donde hombres custodian parcelas regables y mujeres asumen el sustento externo, erosiona prácticas ancestrales y agrava la inseguridad alimentaria en una población de 150 mil rarámuris. Estudios antropológicos destacan que sequías recurrentes desde 2011 obligan a desplazamientos a ciudades como Chihuahua y Juárez, con mujeres liderando asentamientos urbanos. Iniciativas de economía solidaria mitigan impactos, aunque la violencia y la pobreza profunda exigen soluciones integrales para preservar el territorio indígena.

