México enfrenta un cierre de 2025 marcado por el encarecimiento de los productos básicos, que obliga a miles de hogares a ajustar sus presupuestos diarios. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la línea de pobreza por ingresos para cubrir la alimentación mínima se sitúa en aproximadamente 82 pesos al día en zonas urbanas y 62 pesos en áreas rurales, lo que equivale a 2,467 pesos mensuales en ciudades y 1,854 pesos en el campo. Estos montos, aunque representan lo indispensable, resultan inalcanzables para muchos, especialmente cuando los salarios apenas cubren lo esencial. La inflación general anual fue de 3.7 por ciento, pero esta cifra oculta el impacto real en la canasta alimentaria, que registró incrementos de 4.4 por ciento en entornos urbanos y 3.0 por ciento en rurales, impulsados por el alza en el bistec de res, la leche pasteurizada y los alimentos consumidos fuera del hogar.
Sin embargo, el desafío se extiende más allá de la mesa: la canasta no alimentaria, que abarca transporte, educación, vestido, vivienda, salud y cuidado personal, también experimentó aumentos de 3.8 por ciento en zonas urbanas y 3.5 por ciento en rurales. En las ciudades, los rubros más afectados incluyen educación, recreación y cuidados personales, mientras que en el campo destacan el transporte público y los productos de higiene. Esta presión acumulada fuerza decisiones difíciles, como reducir porciones de alimentos básicos como huevo, frijol y pollo, o fragmentar compras en mercados y tiendas, donde los precios suben de forma gradual pero constante. Como resultado, las dietas se empobrecen, las visitas médicas se posponen y el acceso a educación se complica, agravando la brecha entre ingresos estancados y costos crecientes.
En este contexto, el INEGI actualiza mensualmente estas líneas de pobreza con base en el Índice Nacional de Precios al Consumidor, revelando una tendencia persistente: sobrevivir demanda más recursos. Productos que antes eran cotidianos, como la carne roja o la leche, se convierten en lujos ocasionales, y el poder adquisitivo se erosiona ante un desfase que afecta principalmente a quienes dependen del salario mínimo o la informalidad. Así, el huevo, el frijol y el pollo no solo miden la economía familiar, sino que ilustran una realidad donde llenar la despensa se transforma en una lucha diaria contra la inflación.

