Por: Aylin Paredes
La noche del 11 de abril, el palenque de la Feria del Caballo en Texcoco, Estado de México, se convirtió en escenario de disturbios luego de que el cantante de regional mexicano Luis R. Conriquez anunciara que no interpretaría corridos tumbados. La decisión, motivada por regulaciones locales que buscan evitar la apología de la violencia, desató la indignación de los asistentes, quienes esperaban escuchar los temas que han consolidado la fama del artista. “No hay corridos, ¿cómo le hacemos?”, expresó Conriquez desde el escenario, intentando calmar los ánimos, pero la respuesta del público fue inmediata y violenta.

La molestia escaló rápidamente cuando los asistentes comenzaron a arrojar vasos, botellas y otros objetos hacia el escenario, lo que obligó al cantante y su equipo a abandonar el lugar. En medio del caos, parte del público destruyó instrumentos musicales y equipo técnico, dejando el recinto con daños significativos. Este incidente refleja las tensiones generadas por las recientes medidas del Gobierno del Estado de México, que exhorta a municipios como Texcoco, Metepec y Tejupilco a vigilar que las presentaciones artísticas no incluyan referencias a la violencia o al narcotráfico, con sanciones que podrían incluir hasta seis meses de prisión.

Por otro lado, la controversia en torno a los corridos tumbados no es nueva. Mientras algunos estados, como Nayarit, han optado por prohibir este género, la presidenta Claudia Sheinbaum ha promovido iniciativas como el concurso “México Canta” para fomentar letras que celebren el amor y la paz. Aunque Conriquez se apegó a las normativas, el episodio de Texcoco evidencia el desafío de equilibrar la libertad artística con las políticas públicas que buscan desalentar la glorificación del crimen en la música.

