El 31 de diciembre recibe el nombre de Nochevieja porque representa la última noche del año que concluye, en contraste con el 1 de enero que inicia el nuevo ciclo. Este término, de uso común en países hispanohablantes, simboliza el fin de los 365 días que quedan atrás y la transición hacia lo venidero. La celebración moderna del Año Nuevo el 1 de enero se consolidó con el calendario gregoriano, introducido en 1582 por el papa Gregorio XIII para corregir desfases del juliano.
Julio César estableció el 1 de enero como inicio del año en el calendario juliano en el 45 a. C., en honor al dios romano Jano, símbolo de los comienzos y las puertas. Anteriormente, en la Antigua Roma el año empezaba en marzo, dedicado al dios Marte. Fuentes históricas confirman que esta fecha se asoció con la asunción de cargos consulares y se mantuvo hasta la reforma gregoriana, que ajustó el cómputo para alinearlo mejor con el año solar.
Tradiciones como comer doce uvas al ritmo de las campanadas de medianoche, originada en España a principios del siglo XX, o el brindis con cava acompañan estas celebraciones en muchos países, junto con fuegos artificiales y reuniones familiares que marcan la renovación y la esperanza por el año entrante.

