En un contexto global marcado por la urgencia de reducir emisiones, México y Estados Unidos enfrentan el desafío de transformar la sostenibilidad en una ventaja competitiva. La descarbonización, impulsada por acuerdos como el Acuerdo de París y políticas como la Inflation Reduction Act en EU —que destina 369,000 millones de dólares a energías renovables y electromovilidad—, redefine las prioridades del mercado norteamericano. En contraste, México ha centrado su estrategia en la soberanía energética basada en hidrocarburos, lo que ha limitado el avance en renovables. Sin embargo, iniciativas como el Plan México y la Meta 10 abren la puerta para que el país aproveche el nearshoring y se posicione como un centro de manufactura sostenible.
Las oportunidades para ambos países son claras. México puede capitalizar su ubicación estratégica y la relocalización de cadenas de suministro para atraer inversiones en manufactura verde, especialmente en sectores como energía solar, eólica e hidrógeno verde, donde tiene un alto potencial. La electromovilidad también emerge como un campo clave, con demanda creciente de baterías, vehículos eléctricos y estaciones de carga. No obstante, el éxito dependerá de estrategias concretas: alianzas público-privadas para desarrollar infraestructura, regulaciones claras que incentiven la inversión y la adopción de tecnologías como inteligencia artificial para optimizar el uso de energías limpias.
A pesar de los avances, persisten retos. En México, la falta de políticas públicas claras podría frenar la transición energética, mientras que en EU, la administración actual genera incertidumbre sobre el futuro de las energías renovables. Las empresas, por su parte, deben asumir un rol proactivo, implementando prácticas de eficiencia energética y economía circular para cumplir con estándares globales. La transición hacia Net Zero no solo es una necesidad ambiental, sino un requisito para mantenerse competitivos en un mercado que exige sostenibilidad sin sacrificar rentabilidad.

