Un insólito visitante mantiene en jaque a los cuidadores del zoológico de Chapultepec desde hace al menos cuatro meses: un gato doméstico de pelaje naranja que, sin dejar rastro, logra ingresar al recinto de un tigre de Bengala para robarle parte de su alimento… y salir ileso.
De acuerdo con el personal, el felino aparece en las grabaciones de seguridad tres o cuatro veces por semana. Nadie ha podido determinar por dónde entra ni a qué hora exacta lo hace. Simplemente “aparece” junto a la charola de carne cruda, justo después de que el tigre ha comido una parte y se queda dormido.
La diferencia de tamaño es abismal: el gato pesa apenas unos cuatro kilos, mientras que el tigre ronda los 300. Sin embargo, eso no parece intimidarlo. Con total calma, se acerca, come del plato como si fuera suyo y se retira sin prisa.
La primera vez que el tigre lo descubrió, cuentan los cuidadores, reaccionó con desconcierto más que con agresividad. Se limitó a observarlo, como si no pudiera comprender cómo un animal tan pequeño se atrevía a invadir su espacio. Con el paso del tiempo, la escena se volvió rutinaria: ahora, el tigre apenas abre un ojo, lo mira comer y vuelve a dormir.
Los intentos por detener al intruso han sido inútiles. Se han sellado accesos, colocado trampas con alimento e incluso modificado los horarios de comida del tigre, pero el gato siempre encuentra la forma de adaptarse. En una ocasión, incluso se comió el atún de una trampa y continuó su camino hacia el recinto.
Un cuidador con dos décadas de experiencia asegura que nunca había visto algo similar: un animal entrando voluntariamente al territorio de un depredador mucho más grande y saliendo sin consecuencias.
Aunque oficialmente “no existe”, el felino ya tiene nombre dentro del registro interno del zoológico. Entre el asombro y la resignación, el pequeño gato naranja se ha convertido en una curiosa leyenda viva… y hasta ahora, sigue invicto.

