El estado de Oaxaca consolidó su relevancia científica y turística a nivel internacional a través del Geoparque Mixteca Alta, un paraje que fusiona formaciones rocosas de millones de años con la herencia viva de las comunidades locales. Este territorio, que abarca 415 kilómetros cuadrados, fue reconocido en 2017 por la UNESCO como Geoparque Mundial bajo el impulso de la UNAM, posicionándose como uno de los dos únicos sitios con esta distinción en el país. El paisaje, caracterizado por relieves en zigzag y una vegetación que se entrelaza con sedimentos antiguos, funcionó como un escenario de aprendizaje donde el movimiento de la tierra narró la historia evolutiva del sur de México.
A través de una gestión holística, este espacio integró a nueve municipios oaxaqueños —entre los que destacan Santo Domingo Yanhuitlán, San Juan Teposcolula y Santiago Tillo— en una estrategia que priorizó la protección ambiental y el desarrollo sostenible. Más allá de su importancia geológica y la presencia de restos fósiles, el valor del geoparque radicó en su patrimonio inmaterial; las tradiciones, la gastronomía y las festividades locales fueron los pilares que permitieron a la organización mundial otorgar este sello de excelencia. Esta sinergia convirtió a la zona en un referente para el senderismo educativo, donde el visitante pudo conectar directamente con las raíces de la cultura mixteca.
Para fortalecer esta labor de divulgación, el exconvento de Santo Domingo de Guzmán albergó el Centro de Interpretación, un recinto dedicado al cuidado territorial y la educación científica. En este punto de encuentro, se promovieron actividades que buscaron involucrar tanto a residentes como a turistas en la preservación de su entorno. De este modo, la Mixteca Alta se mantuvo como un museo natural a cielo abierto, reafirmando que la riqueza de Oaxaca no solo residió en su biodiversidad costera o selvática, sino en la memoria de sus piedras y el espíritu de su gente.

