Por Óscar García
En Oaxaca, los territorios mejor conservados no son producto del azar ni de políticas recientes, sino del trabajo histórico de los pueblos indígenas que han desarrollado formas propias de relación con la naturaleza. Diversos estudios y experiencias comunitarias coinciden en que las zonas con mayor biodiversidad y menor deterioro ambiental suelen coincidir con territorios bajo resguardo indígena, donde se aplican normas internas y prácticas ancestrales de cuidado del entorno.
Esta realidad también se observa en estados como Chiapas, donde comunidades originarias han logrado preservar ecosistemas completos a través de sistemas normativos propios. En el caso de Oaxaca, pueblos como los zapotecos, mixes, mixtecos, chinantecos y mazatecos han consolidado modelos de conservación que combinan conocimientos tradicionales con organización comunitaria.
Uno de los ejemplos más representativos se encuentra en la Sierra Norte de Oaxaca, donde comunidades zapotecas mantienen extensas áreas de bosques templados bajo esquemas de manejo forestal comunitario. Estas zonas no solo conservan una gran diversidad de flora y fauna, sino que también generan ingresos sostenibles mediante el aprovechamiento responsable de los recursos.
De igual forma, en la Sierra Mixe, las comunidades han protegido selvas y montañas a través de prácticas basadas en el respeto a la tierra, considerada un ente vivo. Aquí, la toma de decisiones se realiza en asambleas comunitarias, lo que permite regular el uso del territorio y evitar la sobreexplotación.
Otro territorio clave es la Selva de los Chimalapas, considerada una de las zonas con mayor biodiversidad en México. Habitadas principalmente por comunidades zoques, estas tierras han sido defendidas frente a la tala ilegal y otros intereses externos, manteniendo ecosistemas prácticamente intactos gracias a la vigilancia comunitaria.
En la región de la Cañada de Oaxaca y la Cuenca del Papaloapan, pueblos mazatecos y chinantecos también han desarrollado prácticas agrícolas tradicionales como la milpa, que favorecen la conservación del suelo y la diversidad biológica.
Estas formas de conservación se basan en lo que especialistas denominan “bioculturalidad”, es decir, la estrecha relación entre la cultura y la naturaleza. En estos territorios, el cuidado del medio ambiente no es una política externa, sino parte de la vida cotidiana, regulada por usos y costumbres, sistemas de cargos y acuerdos comunitarios.
A diferencia de modelos extractivos, en estos espacios prevalece una visión de equilibrio, donde el aprovechamiento de los recursos está condicionado al respeto por los ciclos naturales. Esto ha permitido que muchas de estas regiones mantengan altos niveles de conservación, incluso frente a presiones como la deforestación, el cambio climático y proyectos de gran escala.
Especialistas coinciden en que fortalecer los derechos territoriales de los pueblos indígenas es clave para la protección ambiental a nivel global. En Oaxaca, estos territorios no solo resguardan ecosistemas vitales, sino que también representan una alternativa sostenible frente a las crisis ambientales actuales.
Así, los pueblos indígenas no solo habitan los territorios mejor conservados, sino que son protagonistas en su defensa y cuidado, demostrando que la conservación efectiva pasa por reconocer y respetar sus formas de vida.
