La escena fue tan indignante como ya cotidiana en Oaxaca: jóvenes encapuchados, escudados en el discurso de “ser estudiantes”, intentando apoderarse por la fuerza de un autobús del transporte urbano. Pero esta vez, alguien les plantó cara.
Los hechos se registraron a la altura de la Escuela Normal de Educación Preescolar de Oaxaca (ENEPO), en Santa Cruz Xoxocotlán, donde un grupo de supuestos normalistas interceptó una unidad, amenazando directamente al chofer para obligarlo a entregar el control del vehículo.
Con el rostro cubierto —como ya es costumbre en este tipo de actos— los jóvenes intentaban consumar lo que en Oaxaca se ha vuelto una práctica recurrente: el secuestro de unidades bajo la total impunidad.
Sin embargo, no contaban con la reacción de un ciudadano.
Un joven, sin más protección que su indignación, decidió intervenir. Los enfrentó de manera directa, les exigió que se quitaran el rostro y dejaran de esconderse detrás de una capucha. No hubo titubeos: los encaró, los exhibió y los mandó lejos, rompiendo el control que los encapuchados pretendían imponer.
El momento, tenso y cargado de confrontación, terminó por desmoronar la intención del grupo, que finalmente no logró apoderarse del autobús.
Esta vez no hubo víctimas, ni unidad robada. Pero el hecho deja al descubierto una realidad incómoda: la normalización de la violencia y el abuso bajo el disfraz de causas estudiantiles.
Hoy fue un ciudadano quien frenó el abuso. Mañana, la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién detendrá lo que las autoridades han permitido crecer?