Ataques recientes en el conflicto iniciado el 28 de febrero de 2026 entre Estados Unidos, Israel e Irán han dañado o amenazado instalaciones clave de desalinización. Irán impactó el 2 de marzo el puerto de Jebel Ali en Dubái, a unos 19 kilómetros de una de las plantas desalinizadoras más grandes del mundo, que abastece gran parte del agua potable de la ciudad.
Bahréin acusó a Irán de atacar una de sus plantas, mientras que un bombardeo estadounidense afectó una instalación iraní en la isla de Qeshm, lo que dejó sin suministro a 30 aldeas según el ministro de Exteriores iraní Abbas Araghchi. Expertos como Ed Cullinane, de Global Water Intelligence, advierten que cualquier daño en la cadena de captación, tratamiento o energía interrumpe la producción.
Cientos de plantas desalinizadoras bordean la costa del Golfo Pérsico y abastecen a millones de habitantes en países con escasez natural de agua dulce. En Kuwait, cerca del 90% del agua potable proviene de la desalinización; en Omán, alrededor del 86 por ciento, y en Arabia Saudita, cerca del 70 por ciento. Michael Christopher Low, de la Universidad de Utah, describe a estas naciones como “reinos de agua salada” y “superpotencias hídricas artificiales impulsadas por combustibles fósiles”, un sistema vulnerable que sostiene ciudades enteras pero colapsaría sin las plantas operativas.
La interrupción del abastecimiento hídrico representa un riesgo mayor que los recortes en exportaciones de crudo, ya que las grandes urbes no podrían sostener sus poblaciones actuales sin esta infraestructura. Mientras los combates afectan rutas petroleras y puertos, la dependencia extrema de la desalinización convierte al agua en el recurso estratégico más frágil ante la escalada bélica, según coinciden analistas y reportes de agencias internacionales.

