A pocos días de concluir el año, la tradición de quemar los «años viejos» persiste en Oaxaca como un ritual simbólico para dejar atrás las adversidades y dar la bienvenida a lo nuevo. Estos muñecos, representados como adultos mayores con barba blanca, sombrero y ropa de segunda mano rellena de papel, se elaboran con anticipación en la Central de Abasto de la ciudad. Comerciantes como Graciela Hernández y Germán López, un matrimonio con más de 25 años en el oficio, confían en que las ventas repunten en el último momento, tal como ocurre habitualmente. Sin embargo, por ahora, los clientes solo indagan precios y observan los productos antes de continuar con sus compras para la cena festiva.
Además de los «años viejos», que se cotizan en 450 pesos cada uno debido al encarecimiento constante de materiales como camisas y pantalones usados, la pareja ofrece artículos complementarios como piezas para nacimientos, borregos de la suerte y piñatas. Germán López relata que inicia la búsqueda de insumos desde julio para dedicar tiempo a la elaboración, pero nota un declive anual en la demanda, con menos personas interesadas en perpetuar esta costumbre que también se practica en otros estados de México y diversas partes del mundo. A pesar de ello, el ritual mantiene su esencia: al incinerar el muñeco, se busca cerrar ciclos negativos y abrir paso a experiencias positivas.
Por otro lado, ante los riesgos inherentes a la quema, los vendedores enfatizan medidas de seguridad esenciales. Recomiendan mantener a los niños alejados, manejar el fuego con extrema precaución y optar por pirotecnia de bajo riesgo si se emplea. Esta tradición, arraigada en la cultura popular, no solo despide el año sino que invita a la reflexión colectiva sobre el pasado y el futuro, aunque el alza de costos y el menor interés representan desafíos para su continuidad en la región.

