En las vísperas del Año Nuevo 2026, las familias oaxaqueñas se preparan para recibir el ciclo entrante mediante rituales que combinan herencias españolas, indígenas y populares, con el objetivo de atraer prosperidad, amor y aventuras. Estas prácticas, arraigadas en la cultura mexicana y adaptadas al contexto local, reflejan una mezcla de simbolismo y esperanza colectiva. En Oaxaca, donde las tradiciones comunitarias como las calendas y la quema del «Año Viejo» marcan el fin de diciembre, los hogares incorporan elementos cotidianos para invocar buena suerte. Por ejemplo, el consumo de 12 uvas al sonar las campanadas de medianoche es una costumbre extendida: cada fruta representa un mes del año y se ingiere mientras se formula un deseo, promoviendo la reflexión sobre metas personales. Esta tradición, originaria de España pero integrada en México desde el siglo XIX, se realiza en mesas familiares, a menudo acompañada de platillos regionales como tamales o mole negro, fortaleciendo los lazos comunitarios en un estado rico en diversidad cultural.
Además, para fomentar la abundancia económica, muchas personas en Oaxaca recurren al ritual de las lentejas, un gesto simbólico que asocia las legumbres con monedas y riqueza. Se consume una cucharada de lentejas cocidas en la cena de fin de año o se esparcen puñados al aire a medianoche, con la intención de multiplicar la prosperidad financiera y asegurar estabilidad en el hogar. Esta práctica, común en varias regiones de México, se entrelaza en Oaxaca con elementos locales como el rompimiento de platos de barro tras comer buñuelos, donde se pide un deseo al quebrar la vajilla, simbolizando el desprendimiento de lo viejo y la apertura a nuevas oportunidades. De igual forma, para atraer viajes y experiencias, las familias salen a caminar con maletas vacías alrededor de la cuadra o el barrio justo después de la medianoche, un gesto que evoca movilidad y exploración en un año nuevo. En comunidades como las de la costa o el Istmo, estos actos se complementan con danzas y quema de efigies del año saliente, purificando emocionalmente el espacio para el futuro.
Estas costumbres no solo preservan la identidad oaxaqueña, sino que también responden a un anhelo universal de renovación en tiempos de incertidumbre. Mientras el estado se alista para el 2026, con eventos previos como la Noche de Rábanos el 23 de diciembre que llenan el zócalo de arte efímero, los rituales de uvas, lentejas y maletas siguen vigentes, adaptándose a generaciones más jóvenes que los comparten en redes sociales. Así, Oaxaca mantiene viva su esencia cultural, fusionando lo ancestral con lo contemporáneo en una celebración que prioriza la esperanza y la unidad familiar.
