Redacción
Cientos de fieles católicos se congregaron este jueves 18 de diciembre en la Basílica de la Virgen de la Soledad, patrona de Oaxaca desde su coronación canónica en 1904, para celebrar una de las tradiciones religiosas más arraigadas del estado, que fusiona fe, historia y cultura popular desde hace más de cuatro siglos. Las actividades iniciaron con las tradicionales mañanitas en las primeras horas del día, seguidas de misas, rezos y actos litúrgicos que atrajeron a familias enteras, adultos mayores, jóvenes y visitantes de diversas regiones. Esta devoción, remontada al siglo XVII, se basa en la leyenda de un arriero procedente de Veracruz que, entre 1617 y 1620, descubrió una caja misteriosa en su recua al llegar a la ermita de San Sebastián; dentro hallaron una imagen de Jesucristo Resucitado junto a la cabeza y manos de una Virgen, identificada por un rótulo como “Nuestra Señora de la Soledad al pie de la Cruz”. El colapso y muerte de la mula que transportaba la carga se interpretó como señal divina, impulsando la construcción del santuario actual y consolidando su rol como símbolo de protección, consuelo y esperanza para la comunidad.
Paralelamente, la festividad se extendió a las calles del centro histórico, donde en la calle de Independencia se instaló una verbena popular con antojitos tradicionales, dulces regionales, artesanías y recuerdos alusivos, abierta hasta el 20 de diciembre. Entre cantos, flores, veladoras y oraciones, los devotos refrendaron su fe, agradecieron favores recibidos y elevaron peticiones por salud, trabajo y bienestar familiar, convirtiendo la fecha en un espacio de encuentro comunitario que reafirma la identidad oaxaqueña. Elementos como la “roca de la mula” —un afloramiento pétreo en la entrada de la basílica— invitan a rituales donde los visitantes introducen monedas para tocarla y formular deseos, perpetuando tradiciones orales y tangibles. Además, la Virgen representa a Nuestra Señora de los Dolores, vestida de negro en alusión al luto por la muerte de Jesús, evocando fortaleza espiritual entre sus seguidores.
Sin embargo, esta devoción ha enfrentado pruebas que han fortalecido su resiliencia, como el robo sacrílego del 10 de enero de 1991, calificado como el más impactante en la historia oaxaqueña, cuando delincuentes sustrajeron joyas valiosas, incluyendo una corona de oro de dos kilos con más de 600 diamantes —donada en 1959 por el cincuentenario de la coronación—, un rostrillo con esmeralda y una azucena de oro. El incidente generó indignación generalizada y dejó una huella de impunidad, ya que las piezas nunca se recuperaron pese a las investigaciones. Durante años, la imagen lució una corona provisional, hasta que en diciembre de 2000 se colocó una nueva financiada por donaciones colectivas. Este episodio no mermó la fe, sino que renovó la memoria colectiva, atrayendo anualmente a locales y turistas en una manifestación viva de religiosidad popular.

