La fusión del Día de Muertos con la fe cristiana data de la Conquista española en 1521, cuando frailes franciscanos trasladaron las ceremonias mexicas de verano al 1 y 2 de noviembre para coincidir con Todos los Santos y Fieles Difuntos. Aquellos rituales, dedicados a Mictlantecuhtli, dios del inframundo, involucraban sacrificios y banquetes en el calendario solar azteca, del 28 de julio al 13 de agosto. Los misioneros, con el fin de facilitar la evangelización, incorporaron elementos prehispánicos en las procesiones católicas, según documentos del Archivo General de la Nación.
Posteriormente, en el siglo XVIII, la tradición se consolida con la adición de calaveras de azúcar y pan de muerto, símbolos que fusionan la muerte como ciclo vital indígena con la resurrección cristiana. Las ofrendas, compuestas por flores de cempasúchil y copal, guían las almas durante la noche del 2 de noviembre, como relatan crónicas de Bernardino de Sahagún. Esta evolución refleja la resistencia cultural de pueblos nahuas, mayas y purépechas ante la colonización, y persiste en comunidades como Pátzcuaro y Mixquic.
Hoy, el Día de Muertos trasciende lo religioso para convertirse en expresión artística global, con altares en museos y películas como «Coco» de Pixar. El INAH documenta más de 500 variantes regionales, desde velaciones en Oaxaca hasta comparsas en Chiapas, todas unidas por el respeto a los ancestros. Esta herencia, custodiada por generaciones, subraya la identidad mexicana en un diálogo eterno entre vida y muerte.

