Oaxaca revive cada Día de Muertos un tapiz de tradiciones ancestrales donde lo sobrenatural se funde con la cotidianidad, transformando calles, cementerios y altares en escenarios de misterio. En regiones como Tlacolula y Mitla, el llanto de La Llorona resuena junto a ríos y canales; su figura en túnica blanca flota sobre el agua, con ojos que brillan en la penumbra y un sollozo que anuncia desgracias, generando un frío intenso en quienes la observan. Por su parte, en Miahuatlán de Porfirio Díaz, la Matlazihua —o Matlacoatl— acecha en las sombras: esta entidad femenina seduce a los hombres con mirada hipnótica, los conduce a sitios remotos y se metamorfosea en animales para acechar o resguardar, dejando a los imprudentes perdidos en la niebla con ecos de susurros.
Además, el Callejón del Muerto alberga pasos invisibles y figuras oscuras que se deslizan entre muros coloniales, acompañados de un olor a tierra húmeda y cera; en caminos rurales, la Carreta de la Muerte cruje con ruedas fantasmagóricas tiradas por la Parca, presagiando fallecimientos —como el caso de una mujer que, al verla, desfalleció y murió días después con marcas inexplicables—. El Nahual, en formas de búho, perro o coyote, patrulla cementerios y senderos para proteger el tránsito de los espíritus y evitar perturbaciones de los vivos, manifestándose en escalofríos súbitos.
Estos relatos, arraigados en altares con cempasúchil que brillan sin brisa y emanan murmullos o toques invisibles en Mitla y Tlacolula, funcionan como puentes culturales que fomentan el respeto a los ancestros. Así, entre comparsas, tapetes y recorridos nocturnos, Oaxaca fusiona fiesta y enigma, recordando que la muerte es un continuum donde sombras y aromas invitan a honrar lo eterno.
