Por Óscar García
El tradicional mercado, considerado uno de los más antiguos y emblemáticos de Oaxaca, es un verdadero mosaico de aromas, sonidos y sentimientos. Cada año, este espacio se convierte en punto de encuentro para cientos de familias zapotecas que llegan desde distintas comunidades del Valle de Tlacolula para abastecerse de todo lo necesario para honrar a sus difuntos.
Desde las primeras horas del día, las avenidas Dos de Abril y Juárez se transforman en un río de vida y color. Los puestos se llenan de flores de cempasúchil y cresta de gallo, velas, incienso, frutas, pan de muerto y mole. Las veladoras se ofrecen desde 15 hasta 50 pesos, siendo las más grandes las preferidas para iluminar los altares y acompañar las visitas al panteón. Los ramos de flores, que impregnan el aire con su aroma inconfundible, se venden entre 20 y 25 pesos, tiñendo el paisaje con los tonos naranjas y rojos que anuncian la llegada de las ánimas.
El ambiente es una sinfonía de tradición y cultura: el murmullo de las lenguas originarias se mezcla con la música de los vendedores y el bullicio de las familias que caminan entre los pasillos con canastos repletos, escogiendo con cuidado los elementos que formarán parte de sus ofrendas. Cada compra es un gesto de amor, una forma de recordar y de mantener viva la herencia que distingue a los pueblos oaxaqueños.
Para muchos comerciantes, esta temporada representa más que una fuente de ingresos: es un compromiso con la memoria y las raíces. Algunos relatan con orgullo que sus abuelos ya vendían en este mismo mercado, cuando el trueque era la moneda de cambio: flores por pan, mole por velas, frutas por copal. Hoy, la modernidad ha cambiado los medios, pero no el sentido. El espíritu sigue siendo el mismo: compartir, recordar y celebrar.
Entre los pasillos, algunos montan pequeños altares adornados con papel picado, pan, frutas y velas encendidas. Todo ocurre bajo un mismo propósito: preparar la bienvenida para las almas que, según la tradición, regresan cada año a visitar a sus seres queridos.
El mercado de muertos de Tlacolula no es solo un lugar de compra, sino un ritual vivo que reafirma la identidad oaxaqueña. Cada flor colocada, cada vela encendida y cada trozo de pan compartido son una ofrenda al amor y a la memoria que trasciende generaciones.
