En la Costa oaxaqueña, la Villa de Tututepec de Melchor Ocampo alberga una tradición milenaria: la extracción artesanal de sal, que se practica en sitios como Las Salinas del Venado, cerca de Río Grande. Esta actividad, arraigada en el conocimiento colectivo de los pueblos originarios, representa no solo una técnica productiva, sino un vínculo profundo con el entorno natural. Aunque la documentación sobre salinas en los Valles Centrales es limitada, evidencias arqueológicas datan su relevancia desde el año 600 d.C. en lugares como Macuilxóchitl, Teotitlán del Valle, Mitla y Tlacolula, donde se adaptaban métodos a los recursos locales.
Por su parte, registros coloniales, como la Relación de Macuilxóchitl, destacan el intercambio de sal entre regiones, incluyendo Tututepec como fuente clave. Este comercio no solo facilitaba la conservación de alimentos, sino que integraba rituales religiosos y redes interregionales. Hoy, el proceso se mantiene fiel a sus raíces ancestrales: durante las temporadas en que la laguna costera se seca, comunidades como El Venado recolectan salitre –un lodo seco de la superficie– y lo extienden sobre estructuras manuales llamadas tapestes, hechas con varas, lodo, arena marina y cal.
Luego, se vierte agua salada para filtrar la salmuera hacia planillas, donde se enriquece; esta pasa a pilas similares a comales de barro para cristalizar bajo el sol en horas, retirando impurezas. Finalmente, se seca y almacena al aire libre, resultando en una sal natural apta para consumo humano o animal, vendida por kilo o costal. Este método, enteramente manual y respetuoso del medio ambiente, preserva saberes transmitidos por generaciones.
En un contexto de industrialización creciente, Tututepec ejemplifica el valor de lo sustentable y comunitario, recordando cómo prácticas ancestrales fomentan una relación armónica con la naturaleza y enriquecen la identidad cultural oaxaqueña.

