La Academia Sueca otorga el Premio Nobel de Literatura 2025 a László Krasznahorkai por su visión épica que integra absurdismo y exceso grotesco en narrativas de crisis. El escritor húngaro, segundo compatriota en recibir el galardón tras Imre Kertész en 2002, destaca con frases sinuosas que examinan la realidad hasta la locura, según su propio término.
Su debut, Tango satánico de 1985, retrata un baile infernal en una aldea bajo lluvia incesante, con traiciones y decepción que marcan su estilo hipnótico. Esa novela, adaptada al cine por Béla Tarr, anticipa colaboraciones que fusionan literatura y pantalla en obras como Melancolía de la resistencia, donde un circo con ballena disecada desata fascismo y caos invernal en una ciudad húngara. Krasznahorkai, quien vagó por márgenes sociales antes de escribir, rechaza la autoficción y abraza influencias zen de viajes a Japón y China.
Krasznahorkai consolida su legado con títulos que exploran exilio y contemplación, como Guerra y guerra de 1999, donde un manuscrito sobre combatientes tras la guerra impulsa un periplo de suicidio y redención entre Hungría y Nueva York. En Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río de 2007, el nieto de un príncipe japonés busca un jardín legendario en Kioto, con digresiones poéticas sobre geología y monasterios que honran la filosofía zen.
Su obra reciente, El barón Wenckheim vuelve a casa de 2017, cierra un ciclo con el regreso de un deudor a su pueblo natal, entre rumores políticos y refugios ascéticos, mientras farsantes y científicos disertan sobre orden en el desorden. Elogiado por Susan Sontag como maestro del apocalipsis, el autor suma premios como el Man Booker Internacional de 2015 y el Formentor de 2024, con más de veinte libros que circulan como monedas raras entre lectores exigentes. Su prosa, traducida por Ádám Kovácsics, exige atención plena ante la ausencia de puntuación y el flujo torrencial.
El Nobel reconoce en Krasznahorkai un inconformista que laboró como minero y vigilante antes de exiliarse en Alemania en 1987, en vísperas de la caída del Muro de Berlín, para forjar distopías con humor esquizofrénico y monólogos enfebrecidos. Obras como El último lobo, inspirado en Extremadura durante una beca en 2009, amplían su territorio con ecos de Bulgakov y paisajes jodorowskianos.
El comité destaca cómo su narrativa, pese al pavor caótico, afirma el poder artístico en tiempos de paranoia y colapso social. Con adaptaciones cinematográficas de siete horas que cautivan minuto a minuto, según Sontag, Krasznahorkai eleva la literatura centroeuropea hacia lo universal, sin concesiones a lo convencional. El premio, valorado en 11 millones de coronas suecas, culmina una década de nominaciones que lo posicionaban entre favoritos junto a Murakami y Vila-Matas.

