En Chiapas, los parques eólicos, como el de San Jacinto en Arriaga, destacan por su aporte a la transición energética, al generar 49 megavatios en 2024 y evitar 9 millones de toneladas de emisiones de CO2 equivalente. Sin embargo, su operación plantea serios desafíos para la biodiversidad local, especialmente para aves y murciélagos. Investigadores como el Dr. Jordán Orantes señalan que la instalación de aerogeneradores altera ecosistemas al reducir cobertura vegetal y afectar suelos, ríos y arroyos, lo que transforma profundamente el paisaje natural.
El impacto más preocupante se centra en la fauna. Estudios liderados por Mauricio Espinosa, de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, identificaron 11 especies de murciélagos afectadas por las turbinas, con miles de muertes anuales en América del Norte debido a colisiones, barotrauma y electrocuciones. Las aves, como los zopilotes aura y común, también enfrentan riesgos por colisiones y el “efecto sombra” de las aspas, que provoca desorientación. Aunque la regulación ambiental mexicana es sólida, expertos como Carlos Asunsolo, del Centro Mexicano de Derecho Ambiental, critican la fragmentación de las Manifestaciones de Impacto Ambiental y la débil supervisión por parte de autoridades como Semarnat y Profepa, lo que agrava los daños.
Por otro lado, existen esfuerzos para mitigar estos impactos. Empresas eólicas implementan sistemas de monitoreo y franjas rojas en las aspas para alertar a las aves, además de pausas operativas en períodos migratorios. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza sugiere estrategias como evitar hábitats sensibles y restaurar ecosistemas al desmantelar proyectos. No obstante, la falta de transparencia y la escasa participación comunitaria, según la investigadora Karla Salazar, limitan la rendición de cuentas. La transición energética es crucial, pero debe equilibrarse con la protección de la biodiversidad y los derechos de las comunidades locales.

