Por Luz Palacios
En el corazón de Oaxaca, donde las tradiciones caminan al ritmo de la fe y el tiempo parece detenerse en los días santos, el Jueves Santo se convierte en una jornada de profunda espiritualidad. Uno de los momentos más conmovedores es, sin duda, el lavatorio de pies, una ceremonia que año con año recuerda el gesto de humildad de Jesús hacia sus discípulos.
En la majestuosa Catedral Metropolitana de Nuestra Señora de la Asunción, con su fachada de cantera que ha sido testigo de siglos de historia, cada Jueves Santo el arzobispo Pedro Vázquez Villalobos, cabeza de la Arquidiócesis de Antequera, preside la Misa de la Cena del Señor, en ella, reproduce aquel momento del Evangelio en que Cristo, en la víspera de su pasión, se inclinó a lavar los pies de sus apóstoles. Un acto cargado de simbolismo, donde el amor, el servicio y la entrega se hacen gestos visibles.
Con una reverencia que traspasa las palabras, el arzobispo se inclina ante los 12 discípulos de Cristo, hombres de distintas edades y comunidades a quienes les lava sus pies con agua perfumada, mientras el incienso flota en el aire y el canto litúrgico envuelve a los asistentes. Es un momento de silencio denso y emoción compartida, donde la comunidad católica oaxaqueña se ve reflejada en ese acto de servicio: la fe como entrega, la Iglesia como casa de todos.
Para muchos en Oaxaca, el lavatorio de pies no es solo un rito, sino una vivencia íntima de la Semana Santa, las familias se preparan espiritualmente con ayuno, oración y asistencia a los oficios, y los templos se llenan de fieles que acuden no solo a observar, sino a renovar su compromiso cristiano.
En Valles Centrales, en pueblos como Teotitlán del Valle o San Antonino Castillo Velasco, la ceremonia adquiere matices comunitarios, donde los ancianos transmiten a los más jóvenes el significado profundo de cada símbolo.
En la realización de la celebración eucarística el jerarca de la iglesia católica refiere que “El Señor nos enseña a amar sirviendo”, mientras los fieles escuchan con atención.
En Oaxaca, donde la identidad se entrelaza con la devoción, el Jueves Santo es más que una fecha litúrgica: es una expresión viva de la fe popular, de esa que se hereda y se transforma, pero nunca se pierde.

