La devoción a la Virgen de Juquila, una de las advocaciones marianas más veneradas en Oaxaca, tiene sus raíces en el siglo XVI. De acuerdo con la tradición, en 1552 el fraile dominico Jordán de Santa Catalina arribó a tierras oaxaqueñas procedente de España, llevando consigo una pequeña imagen tallada de la Virgen María, de apenas 30 centímetros de altura.
El religioso tenía a su servicio a un joven originario de Amialtepec, cuyo nombre se perdió con el paso del tiempo. Al regresar el muchacho a su comunidad, el fraile le obsequió la imagen, que pronto comenzó a ganar fama entre los habitantes del lugar y pueblos vecinos, quienes aseguraban que concedía peticiones y obraba milagros.
Con el paso de los años, la veneración creció a tal grado que en 1633 el sacerdote de Juquila, Jacinto Escudero, dispuso que la imagen fuera trasladada de una casa rústica a una pequeña iglesia construida con materiales sencillos. Sin embargo, un voraz incendio provocado por la quema de bosques para preparar tierras de cultivo alcanzó el poblado y redujo a cenizas viviendas y el templo de zacate y cañuela.
En medio de la devastación, ocurrió lo que los fieles consideran el primer gran milagro: la imagen sobrevivió al fuego. Sus vestidos y cabellera permanecieron intactos; únicamente el rostro quedó ennegrecido y con algunas ampollas. Los devotos chatinos intentaron restaurarla sin éxito, interpretando entonces que la Virgen deseaba conservar ese tono moreno como muestra de identidad y cercanía con su pueblo.
La creciente fama de la imagen no solo fortaleció la fe, sino que también atrajo peregrinos y recursos a Amialtepec. Ante ello, el sacerdote Jacinto Escudero decidió trasladarla a Juquila. No obstante, días después de su llegada, la imagen desapareció de la iglesia y fue hallada nuevamente en Amialtepec. Mientras en Juquila se habló de robo, en Amialtepec se proclamó milagro.
El traslado se intentó en dos ocasiones más, repitiéndose el regreso inexplicable de la imagen a su lugar de origen. Fue hasta 1719 cuando, mediante un edicto firmado por el obispo, se ordenó su traslado definitivo a Juquila, donde desde entonces permanece y se consolidó como centro de una de las peregrinaciones más importantes del estado.
Hoy, la Virgen de Juquila es símbolo de fe para miles de creyentes que año con año acuden a rendirle tributo, reafirmando una historia marcada por el fuego, el misterio y la profunda devoción del pueblo oaxaqueño.
