El Carnaval Putleco, reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de Oaxaca, culmina este 17 de febrero tras cuatro días de intensas celebraciones que fusionan música, baile y tradiciones ancestrales. Este evento, que se desarrolla en el municipio de la Sierra Sur, destaca por retratar la identidad indígena y mestiza de la región, posicionándose como el segundo festival más importante de la entidad después de la Guelaguetza. Desde el 14 de febrero, participantes y visitantes han inundado las calles con euforia, donde el color y la autenticidad dominan, atrayendo a quienes buscan conectar con las raíces oaxaqueñas. Las actividades incluyen bailes comunitarios que se extienden hasta la noche, fomentando un sentido de pertenencia y alegría colectiva.
En el corazón de la festividad se encuentran tres comparsas únicas, cada una con su cosmogonía propia. La de los Viejos o Tiliches reúne a cientos de personas ataviadas con trajes multicolores hechos de retazos, que pueden pesar hasta 10 kilos, complementados con máscaras de cuero o estropajo y sombreros de petate para preservar el anonimato. Estos disfraces simbolizan una identidad colectiva, y los participantes se congregan en la Plazuela Hidalgo para danzar incansablemente. Por su parte, la comparsa de los Copalas resalta los trajes tradicionales mixtecos, como huipiles rojos, y elige a una Diosa Copala –una joven distinguida con una jícara en el cabello– mediante bailes de gala y coronaciones. Organizada por los habitantes locales, esta agrupación invita a la reflexión sobre el patrimonio cultural.
Finalmente, la comparsa de las Mascaritas ofrece una representación teatral que recrea una boda con toques humorísticos y dramáticos. Personajes como el novio, la novia, el Tata Juez, la Vieja Gorda y el Macho protagonizan escenas donde se simula un intento de robo de la novia, resuelto con palazos y bailes elegantes inspirados en la era de Maximiliano. Un elemento distintivo de todo el carnaval es el recorrido de las comparsas por las casas, donde invitan a los vecinos a unirse al baile a cambio de agua, tepache o cerveza, fortaleciendo los lazos comunitarios. Esta tradición no solo entretiene, sino que preserva las costumbres de los pueblos oaxaqueños, invitando a turistas y locales a sumergirse en un festejo que trasciende el mero espectáculo.

