Por: Óscar García
El repique de los tambores y el estallido de los metales anunciaron algo más que un desfile: el inicio de una celebración que desbordó identidad. Desde Cruz de Piedra, las comparsas comenzaron a avanzar entre música y júbilo, transformando el Centro Histórico en un corredor festivo donde el color, la danza y la tradición tomaron las calles durante la Muestra de Carnavales Oaxaqueños organizada por el Municipio de Oaxaca de Juárez.
Como si se tratara de un lienzo vivo, los tiliches del Carnaval Ancestral de San Juan Teitipac abrieron el recorrido con sus trajes multicolores confeccionados con retazos, símbolo de ingenio y herencia comunitaria. Sus pasos, marcados por el ritmo de la banda, evocaron la memoria festiva de los Valles Centrales. Detrás, los Chilolos de Chalcatongo de Hidalgo avanzaron con solemnidad ritual, acompañados de personajes tradicionales como las marotas y los viejitos, figuras que combinan sátira, historia y cosmovisión popular.
El paso de los Diablos de Villa de Zaachila encendió la expectación del público. Con máscaras expresivas y movimientos enérgicos, recordaron la fuerza simbólica del carnaval como espacio de catarsis social y celebración colectiva. Niñas y niños observaban con asombro, mientras turistas y habitantes seguían el recorrido capturando cada escena que desfilaba frente a sus ojos.
A lo largo de las calles de Alcalá y Morelos, la ciudad se convirtió en escenario y espectadora. Las Mascaritas de San Juan Cacahuatepec aportaron elegancia y picardía; los Huanches de San Jacinto Amilpas imprimieron dinamismo con su baile ágil; y los Rungos de San Antonio Arrazola hicieron resonar el pavimento con su zapateado, en una coreografía espontánea que entrelazó tradición, música y participación ciudadana.
El ambiente se impregnó del aroma de antojitos y del eco constante del tambor, mientras los sonidos de trompetas y saxofones marcaban el pulso de la celebración. Entre aplausos y sonrisas, adultos mayores rememoraban los carnavales de sus comunidades, al tiempo que nuevas generaciones descubrían el significado cultural de estas expresiones que resisten al paso del tiempo.
Al concentrarse en la calle de Morelos, las comparsas formaron un gran círculo festivo, convirtiendo el espacio público en un punto de encuentro intercultural. Los personajes convivieron con el público, bailaron y posaron para fotografías, en una escena que reflejó la esencia comunitaria del carnaval como celebración compartida y viva.
La muestra fue encabezada por el presidente municipal de Oaxaca de Juárez, Raymundo Chagoya, acompañado de autoridades municipales y estatales, quienes recorrieron el trayecto saludando a participantes y asistentes, en medio de un ambiente que conjugó institucionalidad y tradición popular.
Más allá del espectáculo visual, el carnaval posee un profundo significado cultural. Celebrado días antes del Miércoles de Ceniza, su origen se vincula al “carnem levare”, la despedida de la carne previa a la Cuaresma, una tradición que en Oaxaca se ha fusionado con elementos indígenas, religiosos y comunitarios, dando lugar a festividades donde la música, el disfraz y la danza funcionan como lenguajes de identidad colectiva.
En Chalcatongo de Hidalgo, en la región Mixteca, la danza de los Chilolos representa uno de los momentos centrales del carnaval, precedido por ceremonias religiosas en honor a Santa María de la Natividad, patrona del pueblo, a quien se encomiendan las fiestas para que transcurran con paz y armonía. Esta mezcla de devoción y celebración revela el sincretismo que caracteriza a las festividades oaxaqueñas.
En Trinidad Zaachila, la presencia de los diablos con el rostro cubierto mantiene viva una tradición lúdica y simbólica: rociar harina a las mujeres y obsequiar cascarones decorados, en un juego ritual que refuerza la convivencia comunitaria y el sentido festivo de la temporada.
San Mateo Macuilxóchitl, en los Valles Centrales, preserva la tradicional danza de los viejos, mientras que en San Sebastián Tecomaxtlahuaca el carnaval se extiende durante cuatro días con actividades culturales y danzas como la de los Apaches y la de las Mojigangas, acompañadas por violín, guitarra, saxofón y guitarra sexta, configurando una atmósfera sonora que define la identidad regional.
De esta manera, la capital oaxaqueña se consolidó como un escaparate de las raíces vivas de sus pueblos. Entre máscaras, música y pasos de baile, el carnaval no solo desfiló por las calles: reafirmó su papel como patrimonio cultural intangible, expresión de memoria colectiva y símbolo del orgullo que los pueblos de Oaxaca mantienen por sus tradiciones.


