La Virgen de la Soledad representa uno de los pilares espirituales más profundos en Oaxaca, donde miles de fieles se congregan anualmente en su basílica para honrarla, especialmente el 18 de diciembre. Esta advocación mariana, considerada patrona de la ciudad desde su coronación canónica en 1904, fusiona elementos de fe, historia y tradición que han forjado la identidad cultural de los oaxaqueños. La leyenda de su llegada, datada entre 1617 y 1620, relata cómo un arriero procedente de Veracruz descubrió una caja misteriosa en su recua al arribar a la ermita de San Sebastián. Dentro, hallaron una imagen de Jesucristo Resucitado junto a la cabeza y manos de una Virgen, identificada por un rótulo como “Nuestra Señora de la Soledad al pie de la Cruz”. El colapso y muerte de la mula que transportaba la carga fue interpretado como una señal divina, lo que impulsó la edificación del santuario actual. Esta narrativa no solo explica su permanencia en el lugar, sino que también refuerza el vínculo emocional de la comunidad con la imagen.
Además, el simbolismo de la Virgen de la Soledad resalta su representación como Nuestra Señora de los Dolores, vestida de negro en alusión al luto por la muerte de Jesús, y evoca consuelo y fortaleza espiritual entre sus devotos. La festividad principal atrae peregrinos que buscan protección o agradecen favores, mientras que elementos como la “roca de la mula” —un afloramiento pétreo resguardado en la entrada de la basílica— invitan a rituales donde los visitantes introducen monedas para tocarla y formular deseos, perpetuando así la tradición oral y tangible. Sin embargo, esta devoción ha enfrentado desafíos que han probado su resiliencia, como el robo perpetrado la madrugada del 10 de enero de 1991, cuando delincuentes sustrajeron joyas valiosas de la imagen, incluyendo una corona de oro de dos kilos con más de 600 diamantes, donada en 1959 para celebrar el cincuentenario de su coronación.
El incidente, que también involucró el hurto de un rostrillo con esmeralda y una azucena de oro, generó indignación generalizada y dejó una huella de impunidad, ya que las piezas nunca se recuperaron pese a las investigaciones. Durante años, la Virgen lució una corona provisional, hasta que en diciembre de 2000 se colocó una nueva, financiada por donaciones colectivas. Este episodio, calificado como el robo sacrílego más impactante en la historia oaxaqueña, no ha mermado la fe, sino que ha fortalecido la memoria colectiva, recordando cómo la devoción trasciende adversidades y se renueva en cada celebración.

