En el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, la celebración zapoteca del Día de Muertos, conocida como Xandú, fusiona raíces indígenas con tradiciones católicas para honrar a los fallecidos los días 1 y 2 de noviembre. Organizada principalmente por mujeres de las comunidades, esta festividad inicia nueve días antes con rezos diarios, culminando en la repartición de chocolate, pan, atole, mezcal y tabaco entre los asistentes. Según las creencias locales, el viento frío bii yoxho anuncia la llegada de los espíritus desde el paraíso, un viaje que dura tres meses, por lo que solo regresan aquellos que murieron antes de agosto; los fallecidos después esperan al año siguiente.
A diferencia de otras regiones donde se visita el panteón, en el Istmo los zapotecas reciben a sus muertos en casa mediante altares elaborados. Estos se adornan con hojas de plátano, flores, frutas y alimentos, bajo los cuales se colocan ofrendas, imágenes religiosas y retratos de los difuntos. Destaca una escalera de siete niveles cubierta con manteles y papel picado, donde en cada escalón se disponen flores, veladoras, incienso, tlayudas, mezcal, frutas y platillos favoritos de los ausentes, coronada por una virgen de Guadalupe o un santo local, y un camino frontal de pétalos, frutas y luces.
Los momentos clave del Xandú ocurren el 30 y 31 de octubre, y el 1 de noviembre: la primera noche acoge a las almas de los niños, y la segunda a los adultos, en un ambiente de música, solemnidad e iluminación. Así, esta tradición resalta la trascendencia de la vida a la muerte, manteniendo viva la mezcla cultural que define a las comunidades oaxaqueñas.

